El conformista (fragmento)Alberto Moravia

El conformista (fragmento)

"Tan pronto como el tren se puso en movimiento Marcello abandonó la ventanilla a la que se había asomado para hablar con la suegra o, mejor dicho, para oír las palabras de la misma, y se metió en el compartimiento. Giulia siguió pegada a la ventanilla. Desde el compartimiento, Marcello podía verla en el pasillo, inclinada hacia delante y agitando el pañuelo con un ímpetu tan ansioso, que hacía patético aquel ademán, tan corriente por lo demás. Pensó que, sin duda, seguiría agitando el pañuelo mientras le pareciese entrever, de pie en el andén, la figura de su madre, allá a lo lejos. Y, para ella, el dejar de entreverla sería la señal más clara de la separación definitiva de su vida de muchacha. Separación temida y deseada a la vez y que, con la partida del tren, mientras la madre se quedaba en tierra, adquiría un carácter dolorosamente concreto. Marcello miró una vez más a su esposa inclinada sobre la ventanilla, envuelta en un vestido claro, que el gesto del brazo fruncía sobre sus formas salientes, y luego se dejó caer hacia atrás sobre los almohadones y cerró los ojos. Cuando los abrió, al cabo de unos minutos, su mujer no estaba ya en el pasillo, y el tren corría por el campo abierto: una llanura árida, sin árboles, envuelta ya en las penumbras del crepúsculo, bajo un cielo verde. De cuando en cuando, el terreno se levantaba en peladas colinas, y entre éstas aparecían pequeños valles, que se extrañaba de ver desiertos de casas y de figuras humanas. Algunos montones de ladrillos, en la cima de las colinas, confirmaban esta sensación de soledad. Era un paisaje lleno de paz –pensó Marcello–, que invitaba a la reflexión y a dejar volar la fantasía. Mientras tanto, al fondo de la llanura, sobre el horizonte, se había levantado la Luna, redonda, de un rojo sanguinolento, con una brillante estrella blanca a su derecha.
Su mujer había desaparecido, y Marcello deseó que tardase en volver por lo menos algunos minutos: quería reflexionar y, por última vez, sentirse solo. Ahora volvía con la memoria a las cosas que había hecho los últimos días y se daba cuenta de que, al recordarlas, experimentaba una convencida y profunda complacencia. Pensaba que aquélla era la única forma de cambiar su propia vida y cambiarse a sí mismo: actuar, moverse en el tiempo y en el espacio. Como de costumbre, le gustaban, sobre todo, las cosas que reforzaban sus lazos con un mundo normal, común, previsto. La mañana de su boda: Giulia, vestida ya de novia, que corría alegremente de una estancia a otra, entre un rumor de seda; él, que se metía en el ascensor con un ramillete de convalaria en la enguantada mano; su suegra, que, tan pronto como él entró, se arrojó en sus brazos sollozando; Giulia, que tiró de él hasta llevarlo tras la puerta de un armario para besarlo a su talante; dos amigos de Giulia, un médico y un abogado, y dos amigos suyos, del Ministerio; la salida para la iglesia, desde la casa, con la gente que miraba desde las ventanas, balcones y aceras, en tres coches: en el primero, él y Giulia; en el segundo, los testigos, y en el tercero, su suegra y dos amigas. Durante el trayecto había ocurrido un incidente singular. El automóvil se había detenido en un semáforo y, de pronto, alguien, desde fuera, se asomó a la ventanilla: una cara rojiza, barbuda, de frente calva y nariz saliente. Un mendigo. Pero en vez de pedir una limosna dijo, con voz ronca: «¿Me dan un caramelo, novios?», y, al mismo tiempo, metió la mano por la ventanilla. La súbita aparición de aquel rostro en la ventanilla y aquella mano indiscreta extendida hacia Giulia habían irritado a Marcello, que, tal vez con severidad excesiva, había contestado: «¡Fuera, fuera, nada de caramelos!» A lo cual el hombre, probablemente borracho, dijo a voz en grito: «¡Maldito seas!», y desapareció. Giulia, asustada, se había apretado a él, murmurando: «Nos traerá mala suerte»; y él, dándole golpecitos en la espalda, había contestado: «¡Tonterías..., era sólo un borracho!» Luego el coche volvió a ponerse en marcha, y la escena se borró en seguida de su memoria. "



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