Los ojos vendados (fragmento)Siri Hustvedt

Los ojos vendados (fragmento)

"Tenía un aspecto terrible, y cuando hablaba lo hacía entre jadeos y resoplidos, lo que me apuraba. Hasta el doctor Fish parecía preocupado. Comentó mi palidez y se mostró claramente sorprendido de que alguien a quien había medicado tan concienzudamente respirara como un motor de vapor. Además tenía frío y no podía entrar en calor. Una tarde una de las enfermeras me trajo unas medias especiales para facilitar la circulación. Eran blancas y estaban hechas de un material como de faja. No tenían pies. Nunca supe la razón de esta curiosa omisión, pero las llevé fielmente durante todo mi internado y aún hoy las tengo guardadas en un cajón como recuerdo de una época en la que mi sangre se desplazaba demasiado despacio.
Caí en un mundo de conciencia exclusivamente liminar. Siempre al borde del sueño, tenía que luchar para permanecer despierta. El chapurreo de la señora M. adquiría en esos momentos una cualidad distante, como si me estuviera hablando desde otra habitación. De cuando en cuando oía el tintineo de monedas. «Está contando el dinero», pensaba. Pero por ese entonces mis oídos ya habían empezado a jugarme malas pasadas, y era probable que no fuera nada. Por dos veces oí a mi madre llamándome. Estas alucinaciones auditivas eran claras y fuertes. Su voz estaba en la habitación, y en el momento en que la oía quería contestar, pero en vez de eso me maravillé de esa voz interior y me pregunté si no se trataba de otro signo de locura. También me vencía la soledad, la sensación de estar encerrada dentro de un cuerpo que iba por su propio camino. «Lo he hecho —pensaba—. He creado esta cabeza dañada, convocado la voz de mi madre, soñado con cadáveres y provocado en buena medida mi propio desmoronamiento, pero ¿cómo puedo deshacer todo esto? Soy un fantasma. El espectro de la señora O.; o tal vez ella sea el mío, una aparición venida para decirme algo, mi propio espíritu medio desnudo rebuznando en el baldío.»
La noche antes de la visita de Stephen, la señora O. se escapó. El recuerdo que tengo del suceso es confuso, y no puedo confiar en él. Sé que ataron a la señora O. como siempre, y que en cuanto la dejaron empezó a retorcerse y a agitarse tal como hacía cada noche. Mi dolor había alcanzado su cénit; abrasaba a través del Thorazine y perdí todo control de mi respiración. Se me hizo un nudo en la garganta y empecé a jadear. Oía cómo la señora O. sacudía las barras detrás de su cortina, pero el sonido parecía provenir de mi propia cabeza. Gemía. Yo gimoteaba, pero quería aullar en la oscuridad como un perro herido, perderme en una orgía de gritos. En lugar de eso utilizaba las sábanas como mordaza. La señora M. me hablaba, pero yo no escuchaba lo que me decía; algo acerca del «jaleo». Apreté los dedos contra las sienes. «Mis nervios están entrando en erupción», pensé. Y entonces oí un ruido fuerte, algo que se rasgaba. Recuerdo que me llevé los dedos a los oídos, como si gracias a ese gesto fuera a saber dónde se había originado el ruido. La cortina del otro lado osciló y la señora O. se encontraba en el suelo con los brazos extendidos y la boca abierta de par en par. Era mucho mayor de lo que parecía posible, un hueco monstruoso en medio de la cara. La contemplé en la tenue luz de la habitación, con el camisón cayéndole como un harapo de los hombros, y sentí una violenta sacudida en el pecho, como si de golpe me hubieran sacado el aire. Intenté gritar pero apenas tenía voz, era un chillido inaudible. "



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