El pez de nieve (fragmento), de Paraíso encerradoJesús Fernández Santos

El pez de nieve (fragmento), de Paraíso encerrado

"Aquel año nevó mucho sobre el parque. Los senderos se acabaron borrando, igualando con el césped, el estanque se volvió duro, opaco y las lanchas quedaron inmóviles, presas en él, junto al embarcadero, como a punto de iniciar el viaje a un remoto país de los hielos. Un silencio húmedo y blando como las pisadas de los guardas sobre el manto de nieve se extendió sobre los árboles, por encima de sus penachos deslumbrantes, de sus oscuras ramas desde las que bandadas de gorriones se dejaban caer sobre el patio del almacén de la casa de fieras, en busca de comida.
Apenas llegaba el rumor del tráfico de fuera y, con el paseo de coches cortado, podía oírse a lo lejos el desgajarse quedo de la nieve, la fatiga, en su jaula, del gran oso polar y el chillido tembloroso, hiriente, de la vecina jaula de los monos.
Fue aquel año, por aquella nevada, cuando uno de los monos más pequeños, aterido, rompió el techo de paja y madera, y saltando hasta las ramas del castaño gigante que servía de dosel a las celdas, resbaló con tan mala fortuna que fue a caer sobre la otra de barrotes gruesos, donde el gran oso blanco iba y venía con silencioso paso. El oso blanco pareció despertar y en un instante lo había devorado; el mismo oso que años después deshizo de un zarpazo al mozo que limpiaba su jaula.
El libro decía, allí en el cuarto tan frío también, de la pequeña casa de los guardas, sobre el hule cuadriculado de la mesa, que los osos tan sólo se alimentan de bayas, frutas y raíces silvestres, pero aquel libro recién comprado, apenas iniciado el curso, podía equivocarse cuanto quisiera, pues a causa de la nieve cerraron las escuelas y sus páginas quedaron aquel día inéditas, cerradas, pegadas unas a otras como las de los plátanos bajo el manto de nieve.
Y el muchacho, a su vez, pudo quedarse todo el día vagando por el parque.
A mediodía había visto ya patinar a los autos en el gran paseo de coches, ensayar sus cubiertas de clavos, sus cadenas, a los que luego participaban en los rallyes. El conductor aceleraba, alcanzaba una cierta velocidad y, al llegar al andén de las dos direcciones, frenaba, procurando dar media vuelta completa, hasta colocar el coche en sentido opuesto. Era un juego que al principio interesaba pero aburrido a la larga, de mayores.
Aún antes de comer había asistido a dos o tres peleas de muchachos, poca cosa, poca guerra, muchos gritos, voces que la nieve apagaba, actitudes heroicas y alguna que otra caída en la gran escalinata de piedra, mullida ahora, por encima de la cual relucía la estatua del rey y su monumental caballo, los dos recubiertos por igual de brillantes ropajes de carámbanos.
Fue a la tarde, cuando el parque se iba quedando gris y en los jardines se hacían más negros los troncos de los sauces, cuando el muchacho se decidió a acercarse hasta la mancha del estanque, liso, macizo, como una enorme lápida de mármol. El libro aseguraba que debajo del hielo apenas había vida, pero el libro allí estaba en la casa, cerrado, de modo que fue contando las horas que aquel reloj ajeno al parque iba dejando resbalar sobre la nieve de los árboles y, ya tarde, se acercó hasta el embarcadero. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com