Los hundidos (fragmento)Daniel Mendelsohn

Los hundidos (fragmento)

"Veinte minutos después del inicio de nuestra conversación llegó de la iglesia el marido de Olga, Pyotr. Un hombre pequeño, sorprendentemente musculoso y en forma, de casi noventa años, que lleva gruesos lentes y una gorra de obrero, un viejo traje de color indeterminado y un ceñido chaleco: un campesino con su traje de los domingos. Él también reconoció el apellido familiar al instante y nos contó algunas cosas. Que todo aquel que intentó ayudar a los judíos fue fusilado, por ejemplo, algo que por supuesto ya sabíamos: Nina nos lo había contado y Maria también, y al parecer Nina se aseguró de recordárselo a Olga cuando empezamos a hablar con ella. «Algunos judíos trabajaban en las curtidurías locales», se podía leer en la enciclopedia. «Más adelante, los judíos trabajaron la madera en un campo especial de trabajos.» Lo que Pyotr nos contó fue que cuando, como trabajador en el aserradero, intentó utilizar a algunos judíos para llenar el cupo de trabajadores, los alemanes le amenazaron. ¿De verdad necesita judíos? recuerda que le dijeron. ¿De verdad quiere problemas? Y mientras nos contaba aquello yo me debatía entre querer creerle, querer creer que la franqueza y cordialidad que nos habían mostrado todos los ucranianos que habíamos conocido en aquel viaje, sabiendo que éramos judíos, sabiendo qué era lo que buscábamos, también la habían mostrado en el pasado, e intentar ser imparcial: es decir, recordando, ya que aquellas dos personas y todo el mundo habían dicho que los ucranianos habían intentado, o al menos habían deseado, ayudar a los judíos, incluso mientras estábamos sentados frente a ellos, igual que nos habíamos sentado frente a los demás que nos habían dado la bienvenida tan generosamente, incluso espléndidamente, en sus casas, igual que nos habíamos sentado frente a Maria y a Nina, que nadie ha contado una historia sin tener algún tipo de prioridad.
Nos sentamos a escuchar a Olga y a Pyotr, y por primera vez me alegré de no tener información específica sobre mis familiares, porque una vez allí no estaba seguro de querer saber qué habían tenido que soportar de todo aquello. Pensé en toda la gente en el Dom Katolicki, forzada a crear una espantosa pirámide humana. ¿Quiénes eran? Quienesquiera que fuesen, no eran figurantes sin nombre; cada uno de ellos era alguien, una persona —una adolescente, por poner un ejemplo— con una familia, una historia, quizá un primo en Estados Unidos cuyos hijos puede que regresen algún día para averiguar qué le ocurrió e intenten devolverle su identidad, si no por ella sí por su propia tranquilidad…
Y entonces, al acabar nuestra conversación, y al darme cuenta de que no estábamos más cerca de saber algo concreto sobre Shmiel y su familia, que por estar allí en persona aún no nos habíamos acercado a ningún dato, a ningún detalle que pudiera probar o refutar las historias que habíamos oído («¿Hay algún castillo aquí cerca?», había preguntado a todos los que habíamos conocido, recordando lo que había oído decir a mi abuelo muchísimo tiempo atrás; y obtuve la respuesta inevitable, como siempre supe que sucedería: que no había ningún castillo, ningún lugar en el que esconderse), cuando nuestra conversación llegó a su final escuchamos un último detalle. Llevados a una fosa común y fusilados. Pyotr recordó la última Aktion, cuando llevaron a los judíos al cementerio y los fusilaron en una fosa común. "



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