La hija de Cayetana (fragmento)Carmen Posadas

La hija de Cayetana (fragmento)

"¿Acaso te habló de cómo, al llegar a tierra, los exhibían desnudos en una plaza pública o en una playa y cómo los compradores los inspeccionaban, igual que animales? Primero, les abrían la boca para ver si estaban sanos y, luego, si eran mujeres, les metían sus mugrientos dedos donde bien puedes imaginarte buscando rastros de sífilis y otras enfermedades, pero gozando cada minuto de aquella exploración. Y tampoco te habrá contado cómo la mayoría de las mujeres llegaban preñadas a tierra porque a todas las violaban una y otra vez durante el viaje. Algo que, aparte de dar contento a la marinería, era bueno para el negocio porque el comprador podía llevarse entonces dos esclavos al precio de uno. Menos aún te habrá dicho que otras mujeres que viajaban con hijos de pocos años lloraban y suplicaban a sus compradores que los compraran a ellos también y cómo la mayoría se negaba porque no entraba en sus planes pagar por un mocoso inútil. No, nada te dijo porque de lo monstruoso nunca se habla, es la única manera de seguir viviendo. Tú eres una esclava doméstica. ¿Sabes cómo llamamos nosotros a los negros que nacen en casa de los amos y se crían con ellos? Niños de fortuna. Por mucho que alguna vez te hayan molido a palos o condenado al látigo, eres una niña de fortuna. Sabes poco y nada de las criaturas que nunca han dormido a techado y que, desde que cumplen tres años, las echan al campo a recoger algodón. Y menos aún de las que trabajan en las minas. ¿Y qué me dices de las que se ahogan a diario en los malecones de tantos puertos en busca de perlas finas?
A Trinidad le hubiera gustado decir que se equivocaba. Que ella sí conocía esa vida y que su madre le había contado las monstruosidades sufridas desde el día en que unos cazadores de esclavos irrumpieron en su pequeña aldea y se los llevaron a todos. Pero tenía razón Gaspar, su madre, cuando hablaba del pasado, lo hacía sólo del color de la tierra que la vio nacer, del tamaño de los árboles, de la anchura de sus ríos. Sus tías, sus tíos, incluso los que habían sido marcados como animales o mutilados brutalmente —o mejor dicho, sobre todo ellos—, hacían otro tanto. Incluso cuando cantaban penas lo hacían de su paraíso perdido, nunca del infierno que se habían visto obligados a atravesar después. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com