De los libros (fragmento)Michel de Montaigne

De los libros (fragmento)

"En cuanto a Cicerón, las obras suyas de las que saco beneficio para lo que preciso son esas que tratan de filosofía, y muy especialmente de moral. Pero, si he de reconocer la verdad sin empacho (pues, cuando se han franqueado las barreras de la impudicia, no hay ya bridas que refrenen), su forma de escribir me resulta aburrida y también cuanto en él hallamos, pues los prefacios, las definiciones, las divisiones, las etimologías y todo lo de ese estilo ocupan lo esencial de su obra. Lo que haya en ella vivo y sustancioso lo ahogan esas larguras en la presentación de las cosas. Si he dedicado una hora a leerlo, lo cual es mucho para mí, y me pongo a recordar qué savia y qué sustancia he sacado, la mayor parte del tiempo solo hallo viento pues no ha llegado aún a los argumentos en que se sustentan sus palabras ni a las razones que se refieren con propiedad al meollo que busco. Para mí, que solo pido llegar a ser más discreto y no más sabio ni más elocuente, esas exposiciones lógicas y aristotélicas no vienen a cuento; quiero que se empiece por el final; sé de sobra qué son la Muerte y la Voluptuosidad, que no se entretenga nadie en disecarlas. Busco de entrada razones buenas y sólidas que me enseñen a mirarlas de frente; ni las sutilezas gramaticales ni la ingeniosa disposición de las palabras y los argumentos me sirven. Quiero razonamientos que arremetan contra la parte crucial de la duda: los suyos se andan con rodeos; valen para la escuela, el foro y el sermón, donde tenemos licencia para amodorrarnos y, pasado un cuarto de hora, estamos todavía a tiempo de volver a coger el hilo. Hay que hablarles así a los jueces a quienes queremos convencer por las buenas o por las malas, a los niños y al vulgo, a quien hay que explicárselo todo hasta ver qué le hace mella. No quiero que se esfuercen en captar mi atención y que me digan a voces cincuenta veces: «¡Oíd, oíd!», como hacen nuestros heraldos; los romanos decían, en su religión, «Hoc age» y nosotros decimos en la nuestra «Sursum corda»: son palabras inútiles en mi caso; ya vengo preparado de casa. No necesito aderezo ni salsa, como de buen grado las viandas crudas; y esos preparativos para abrir boca en vez de despertarme el apetito, antes bien me lo cansan y asquean. ¿Me da acaso licencia vivir en estos tiempos para tan sacrílego atrevimiento, a saber, que se me hagan tan largos los dialogismos del mismísimo Platón, que asfixian en exceso el tema que trata, y para lamentarme del tiempo que dedica a esas prolongadas y vanas intervenciones preparatorias un hombre que tenía tantas cosas mejores que decir? Será mejor disculpa mi ignorancia, ya que nada aprecio de la belleza de su lengua. Suelo requerir los libros que utilizan los saberes, no los que los instituyen. Los dos anteriormente citados, y Plinio y sus iguales no usan un hoc age, quieren tener trato con personas que se dan ese aviso personalmente; o, en caso de recurrir a él, es un hoc age de mayor consistencia y que tiene su propia razón de ser. "


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