Extranjeros, bienvenidos (fragmento)Barbara Pym

Extranjeros, bienvenidos (fragmento)

"Janie pasaba el rato sin quitarle ojo ni un instante al señor Paladin. Era la única persona que veía, además de su padre y el coro. «Me pregunto si realmente llegará lejos», pensó angustiada. Había oído que algunos clérigos siguen siendo coadjutores toda la vida. La verdad es que no era nada feo, y si se pusiera unas gafas con la montura de carey en vez de aquellas con adornos de oro a los lados, tendría un aire bastante distinguido. En ese momento se dio cuenta de que el señor Paladin le estaba devolviendo la mirada. Se sonrojó y apartó la suya, que fue a parar al jardinero de la señora Gower, que hacía la voz de bajo en el coro.
«El rector se está repitiendo, tratando de ganar tiempo y dándole demasiadas vueltas a la idea», pensó el señor Paladin. La verdad es que no era mala, reflexionó con condescendencia. La señora anciana con sus bordados había sido una bendición caída del cielo para un hombre con la inteligencia limitada del rector; una idea para un sermón a cambio de nada, y con té por añadidura. Los pensamientos del coadjutor siempre eran más atrevidos que su conversación. Por lo general se mostraba de acuerdo con todo lo que el rector decía, incluso las veces en que, de forma bastante sorprendente, en opinión del señor Paladin, le había insinuado que le iría muchísimo mejor si tuviera una esposa. «Una buena mujer», le había dicho el rector, de lo que el coadjutor había deducido: «No la señorita Gay», dado que, por algún motivo, nadie parecía considerarla una buena mujer. Pero ¿entonces quién? Sus ojos vagaron por la poco prometedora comunidad de fieles. Su mirada se cruzó con la de Janie Wilmot, y ella la apartó con el recato apropiado. Apenas tenía la edad suficiente para poder considerarla una buena mujer, pensó el señor Paladin, pero era discreta y sensata, y no se dedicaba a perseguirlo ni decía tonterías. Además, era guapa.
El señor Tilos, que no le había quitado ojo a Cassandra ni un instante durante todo el servicio, pensaba en lo agradable que sería tener una esposa. No una esposa húngara, pese a que su prometida, Ilonka, era una criatura bella y alegre, sino una esposa inglesa. Una mujer alta, rubia y elegante, que fuese atractiva incluso con el atuendo más anticuado y al mismo tiempo atrajese miradas de admiración al pasear con ella por la Andrássy út. Una ninfa, una diosa, en definitiva, Cassandra Marsh-Gibbon.
¿No sería que las mujeres inglesas estaban hechas especialmente para ser unas esposas espléndidas? ¿Por qué nadie le había contado esto antes, y por qué no había conocido a nadie como Cassandra? Si era tan típicamente inglesa, ¿por qué no había cientos de Cassandras solteras entre las que poder escoger? Suponía que era porque todas las criaturas así de encantadoras estaban casadas. El señor Tilos se dio cuenta de que había tenido mala suerte por haber ido a enamorarse de la respetable y respetada esposa del hombre más importante del pueblo. Pero él no era de los que se amilanaban por naderías. Y además una nadería tan afable. El señor Tilos se habría sentido mucho más cómodo si Adam Marsh-Gibbon hubiese sido menos afable. Sonrió al recordarlos a ambos sentados en el salón degustando Tokay y licor de melocotón. Tal vez fuese un rasgo característico de los maridos ingleses mostrarse afables con los pretendientes de sus esposas. O tal vez el marido no lo considerase un pretendiente, ya que el señor Tilos, apesadumbrado, cayó en la cuenta de que no había hecho mucho por demostrar que lo era, más allá de besarle la mano a Cassandra y llevarle regalos. "



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