Jaque a la dama (fragmento)Jesús Fernández Santos

Jaque a la dama (fragmento)

"Más fría aún, helada, debía de sentirla desde el fondo de su herida mortal, roja y siniestra como un ojo redondo, bajo un amago de lluvia que hacía brillar en las aguas de la laguna rebaños de sonámbulas góndolas.
Al final, tras un vistazo en el hospital acabó en San Miguel como un ilustre veneciano más, entre cipreses nobles y tumbas de mármol.
Aquel invierno nevó sobre Venecia. Una cortina trasparente llegó mansa desde tierra firme, espantando las garras sobre el cieno blando. Redes y cañas amarillas quedaron escondidas bajo un leve manto que pronto se extendió de orilla a orilla, sobre puentes y muelles.
Al primo aquellos días le hacían sentirse más culpable aún de la muerte de Mario, sumando nuevos silencios a los que ya le separaban de Rosa. Sus ausencias se prolongaban más según la guerra proseguía, añadiendo a su vez nuevas penurias a las sufridas hasta entonces, agotando incluso la memoria. La misma Marta se sorprendía en ocasiones de su capacidad de olvido. El recuerdo de Mario sólo venía muy de cuando en cuando, como si el agua calma de la laguna barriera hacia el mismo mar, junto a tiempos vencidos, pasadas ilusiones.
En la muda balanza de su propio dolor, calculaba cuánto había pesado en su destino aquel viaje a Italia que, alejándola del jardín y de la casa, la llevó hasta Rosa en busca de consuelo y compasión. Pero la prima no repartía caridad, trataba de alzarla desde su nido de cenizas, obligándola a hacer frente a su vida, como ella misma cada vez que el marido se alejaba.
[…]
Además un continuo ir y venir de papeles a lo largo de oficinas cerradas siempre hacía cada vez más difícil el retorno de Mario desde aquel San Miguel bañado por las aguas hasta el cerro helado de su ciudad natal.
Más que vivir contemplaban la vida, aquel tiempo nuevo que ya amenazaba con sus primeras lluvias, inundando la plaza de San Marcos. Fue preciso sacar las viejas pasarelas de madera para cruzar rumbo al Florian o al Quadri y retirarlas por la noche para que no acabaran reducidas a leña en las estufas de los pobres.
Rosa, Marta y el primo, como el mismo Mario, yacían ahora atrapados bajo un cielo de plomo que borraba en la lejanía la roja enseña de los altivos campanarios. Un día el primo propuso vagamente marchar más hacia el Norte. "



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