Amores (fragmento)Paul Léautaud

Amores (fragmento)

"Naturalmente, como mi padre no se ocupaba de estas cosas, yo me dirigía a su amable compañera, pero lo único que ésta sabía contestarme, ¡y en qué términos más selectos!, era que si había algo que no me gustara ya podía mudarme, y todos contentos, mi padre el primero. De haber algo que no me gustara, había bastante, sin duda, pero en cuanto a marcharme, mucho ojo. Las cosas que me decía la futura madrastra, o nada, era lo mismo, y yo no se lo ocultaba. En casa, ni que fuera ella, y hasta antes que ella —le había oído a mi padre, un día de lío a mi costa, utilizar esa expresión imponente—, si alguien tenía derecho a decir que me fuera, no era ella, y en cuanto a mi padre, el día que me lo dijera, ya sabría yo arreglármelas solo. Ese día llegó, o mejor dicho esa noche. Mi padre no tenía que ir al teatro, y cenábamos juntos. Eran, por otra parte, las únicas noches en que yo cenaba de verdad. Las demás, cuando él cenaba a las seis y luego se iba a la Comédie, llegaba y ya habían quitado la mesa, con mi futura madrastra conversando en el vecindario entre comadres, así que cenaba como podía. Bueno, pues esa excelente persona se hallaba presente, al igual que el pan moreno, que me sirvieron una vez más. Tanto tiempo llevaba yo reclamando que ya no pude aguantarme más y me encalabriné abiertamente, sin ocultar mi admiración por semejante terquedad. Sea que estuviera de mal humor o que su querida lo hubiera exacerbado, mi proceder puso a mi padre fuera de sí, y ver a aquel hombre fuera de sí valía la pena. «¡Si no te gusta, me dijo, puedes ir a comértelo a otro sitio y largarte!». ¡El mismo discurso que la otra! Decididamente, estas dos almas se comprendían. En seguida resolví que se quedaran con su felicidad, una vez acabada la cena, me dejaron solo, para irse a pasear por Courbevoie. Tenía que sacrificarme, o ahora o nunca. Subí al desván y cogí un baúl pequeño y viejo que antaño había usado mi padre cuando iba a actuar por provincias. Metí mis cosas dentro, y, tras cerrar la puerta, sin preocuparme de los vecinos, fui a coger el tren de París. ¡Con diez francos en el bolsillo, justamente! Llegado a París, subí en un coche y mandé que me llevaran a la rue Monsieur-le-Prince, donde cogí una habitación en un hotel al azar, en el número 45, entonces hotel de la Lozére y hoy hotel des Chaventes, pues esa gente no repara en menudencias. ¡Ah, aquel cuartito, junto al retrete, en ese Terminus de estudiante sin dinero, y aquella primera velada de homé rule! Como recuerdo, no es de los buenos. Vivir en sitios semejantes, y pensar que hay gente que se acostumbra. Salí en seguida, y fui a entregarme a mis ensueños, y sin mucha alegría, el resto de la velada, en la terraza de una bodega que aún está en la esquina de la mue Monsieur-le-Prince y del boulevard Saint-Michel, precisamente en ese sitio donde hay que bajar unos peldaños, y sólo volví para acostarme, tal como hice las demás noches que viví allí. Tan pronto llegué a mi oficina al día siguiente, informé a Friedman de mi cambio de domicilio y de su prólogo. De inmediato merecí su aprobación, apoyada con un adelanto de fondos para que me las arreglara. Viví en paz dos o tres días, y luego mi padre comenzó a moverse. Empezó escribiéndome, él que nunca escribía, para ordenarme que volviera. Ordenar era lo suyo. Comprender, menos. Luego se quejó a Friedmann de mi partida. Este supo acogerle. «Amigo, le dijo el afable alsaciano, estoy a favor de tu hijo, y no soy el único. De todos modos acepto inmiscuirme para que vuelva. Pero con una condición. Me vas a dar tu palabra de no decirle ni palabra de su partida ni del dinero gastado». Estaba escrito que yo no podría aún vivir en paz. En un arrebato de amor por mí, mi padre dio su palabra, Friedmann desplegó todas sus gracias y, al cabo de ocho días, reaparecí en el seno de mi deliciosa familia, que se hizo la simpática. Pero ya estaba roto el encanto, y aquello no era más que una tregua.
Por otra parte, tampoco la existencia en la rue de la Station en la casita de mis amores, andaba mucho mejor. La tía, una mujercita oscura, de poco atractivo, sentía grandes celos de Jeanne, y como al parecer había terminado por advertir nuestros amores, se había producido el estallido en una escena bastante movida. La señora Ambert, de buena fe, había querido arreglarlo todo y, naturalmente, no había hecho más que aumentar la discordia, recibiendo los calificativos de tuerta y ciega. Todo eso me lo contaron una tarde, mientras dábamos una vuelta, Jeanne, Ambert, su madre y yo, con la indicación de que me dejara ver menos, en espera de tiempos mejores. Ambert aprovechó, incluso, para explicarnos el verdadero sentido del furor de su tía, para quien mis intimidades con Jeanne no habían sido más que un pretexto. La verdad es que esa mujer andaba loca por él, estaba clarísimo, ¡y si él hubiese querido acostarse con ella! Pero ya podía ir insistiendo esa mujer, ¡un chico como él! La señora Ambert le miraba entonces con ternura, aprobándole con expresión que intentaba ser lo más ladina posible. No tardó en acentuarse el desacuerdo, pues todos echaban leña al fuego, desde la tía furiosa hasta Ambert y Jeanne, a quienes no desagradaba la idea de lograr más libertad, pasando por el hijo del tío que se divertía mucho con todo eso. La casa se volvió un infierno, la vida familiar un recuerdo, y la señora Ambert tuvo que resignarse y separarse de su notable hermano para irse a vivir a París con sus hijos. "



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