Compañeras de viaje (fragmento)Soledad Puértolas

Compañeras de viaje (fragmento)

"Me parece que fue después de la primera vez que el hombre del vino se sentó con nosotros, una noche, cuando comprendí que la sonrisa y las atenciones de Bernard no eran sino pasos y que, llegado un punto, todo se aceleraría. Parecía tan inevitable que me entró una súbita necesidad de calma. Presentía el torbellino, el aturdimiento de las emociones, y quería que todo fuera muy despacio, que esos preliminares durasen mucho. En cierto modo, prefería que las cosas se quedaran siempre así, que no alcanzasen el torbellino. Era eso de lo que habíamos hablado tú y yo cuando nos conocimos. Te lo dije, Elena, ya no quiero historias ni líos que parece que van a ser cortos y luego duran, aunque sólo sea por dentro, duran y hacen daño durante mucho tiempo. Me gustan las emociones que ahora presiden mi vida, no quiero nada más, nada de aventuras nuevas, por fugaces que sean. Nunca son lo bastante fugaces. Siempre dejan huella.
Pero Bernard no lo aceptó. Y lo cierto fue que cuando me vi en mi cuarto, sola, después de haberme despedido de él en el pasillo, dejándole allí, sus ojos llenos de reproche, como si yo le hubiera engañado, como si lo hubiera planeado todo con premeditación y hubiera iniciado el acercamiento y la seducción con la sola intención de decirle adiós a unos pasos de la recompensa, me arrepentí de no haberle dejado entrar. Hubo, eso es cierto, un instante de alivio. Apoyada contra la puerta cerrada, respiré profundamente. Había escapado de las turbulencias, estaba a salvo.
No oí sus pasos por el pasillo cuando cerré la puerta de mi habitación, no podía oír nada, porque el corazón se me salía del cuerpo y me asusté, ¿por qué me latía tanto?, ¿de qué peligro huía? Bueno, todo había pasado. Tenía que recuperar la normalidad. Pero de pronto no lo soporté, ¡la normalidad!, ¡qué horror! Había tocado lo extraordinario y ahora estaba condenada a la normalidad. Esa misma noche supe que allí no se acababa nada, que eso era únicamente el comienzo. Se había hecho demasiado tarde para invocar la calma, para intentar detener nada.
Hubiera querido borrar el tiempo que acababa de transcurrir, abrir la puerta y abrirle los brazos a él, preguntarle por qué me había escogido. En su grupo, había chicas más jóvenes y más guapas. Pero Bernard me había mirado a mí, a una cantante mexicana que está de gira por Europa, un ave solitaria, una mujer más cerca de la madurez que de la juventud.
Me acaba de recorrer un escalofrío, Elena. Se me ha ocurrido una idea que te va a parecer absurda. A lo mejor es por el cansancio del viaje, llevo horas sin dormir, mis pensamientos andan algo desordenados… Hablamos mucho tú y yo, Elena, pero no te lo conté todo. No tuvimos mucho tiempo, te fui contando cosas en ratos perdidos, cosas sueltas, desligadas. Algunas eran tan complicadas que no merecía la pena perderse por ahí, ¿qué más daba? Lo importante era lo bien que nos entendíamos, como si hubiéramos compartido muchas cosas desde el principio de los tiempos, como si hubiéramos sido amigas desde la infancia. El caso es, Elena, ahora te lo digo, que mi gira europea tenía un patrocinador muy personal. Sí, un amante. Sólo que a la mitad todo se torció. No voy a entrar en detalles, pero fue él quien me invitó a pasar esos días en aquel estupendo hotel, me pidió que aceptara, que dedicara esos días a pensar en él, en nosotros, antes de regresar a mi país. Me pedía que me tomara ese plazo. Naturalmente, yo conocía el resultado de esos días de meditación. Sabía que esa aventura sólo cobraba sentido porque tenía lugar lejos de casa. "



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