Los crímenes del acordeón (fragmento)Annie Proulx

Los crímenes del acordeón (fragmento)

"Pero una mañana lluviosa de sábado Dolor se despertó con la idea de ir él a Montmagny aunque no entendiera el idioma. Si llevaba el acordeón verde no tendría necesidad de hablar.
La pista forestal por donde atravesó las zonas de corta hacia el paso fronterizo hacía corcovas y eses. Dolor esperaba que fuera igual del lado de Quebec, pero allí el paisaje se aplanaba en aldeas arracimadas y campos de labor largos y estrechos. Era todo agrícola, vacas y cultivos, y eso le sorprendió. Según avanzaba por las carreteras llanas notaba una energía demoniaca concentrada en las casas y los graneros. Los patios estaban llenos de objetos tallados y partes móviles, robots construidos con componentes de tractor, flores estrafalarias hechas con botellas de lejía de plástico, molinos de viento, patos volantes, casas en miniatura instaladas entre las piedras que emitían nubes de avispas residentes, molinillos, burros hechos con chapas de botella, una canoa puesta en equilibrio sobre un tocón y ocupada por unos remeros de talla, ramos de latas, figuras torneadas vestidas como espantapájaros y con máscaras de Halloween por cara. Escampó, y por delante el horizonte se aclaraba y brillaba el sol.
La excursión era todo un viaje: Saint-Georges, Saint-Joseph de Beauce, Saint-Odilon, Saint-Luc, Saint-Philémon, Saint-Paul-de-Montminy, Nôtre-Dame-du-Rosaire. En su interior se fue gestando una sensación embriagadora de estar volviendo a casa. Allí, en algún sitio, estaba su origen. Lloró al ver el gran río, el profundo rayo de agua clavado en el corazón del continente.
Atardecía cuando llegó a Montmagny. El sol declinaba. Las viejas casas de piedra junto al río, con sus graciosos tejados puntiagudos, tenían un fulgor amarillo, y el agua parecía hecha de láminas rasgadas de oro. Estuvo dando vueltas hasta el anochecer. No había tráfico por las calles, sólo una mujer paseando un perrito negro. Sintió como si hubiera entrado en otro siglo. Tenía hambre, tenía miedo, estaba excitado. Encontró sitio para aparcar unas manzanas más allá de un edificio que parecía un hotel; en las calles adyacentes había docenas de coches aparcados. Un cartel oscilante con una imagen de los músicos decía LES JOYEUX TROUBADOURS. Cargó con el estuche del acordeón. Antes de abrir la puerta oyó la música.
Al otro lado de un mostrador estaba sentada una mujer joven de labios rojos y pelo negro. Tras ella una puerta verde tenía pintados dos conejos bailando. La mujer alzó la vista de un manojo de papeles, vio el estuche del acordeón y sonrió. "



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