La locura de la luz (fragmento)Maurice Blanchot

La locura de la luz (fragmento)

"Había captado el instante a partir del cual la luz, habiendo tropezado con un acontecimiento verdadero, iba a apresurarse hacia su fin. Ya llega, me dije, el fin viene, algo sucede, el fin comienza. Estaba embargado por la alegría. (...) Sin duda no podía explicármelo completamente y sin embargo estaba seguro, había captado el instante a partir del cual la luz, habiendo tropezado con un acontecimiento verdadero, iba a apresurarse hacia su fin. Ya llega, me dije, el fin viene, algo sucede, el fin comienza. Estaba embargado por la alegría.
Me dirigí a esta casa, pero sin entrar en ella. Por el orificio, veía el principio oscuro de un patio.
Me apoyé en el muro de afuera, tenía, por cierto, mucho frío; el frío me rodeaba de pies a cabeza, sentía que mi enorme estatura tomaba lentamente las dimensiones de este frío inmenso, se elevaba tranquilamente según las leyes de su legítima naturaleza y yo reposaba en la alegría y la perfección de esta dicha, por un instante la cabeza tan alto como la piedra del cielo y los pies en el pavimento.
Todo eso era real, sépanlo.
No tenía enemigos. No me molestaba nadie. A veces en mi cabeza se creaba una vasta soledad en la que el mundo desaparecía por completo, aunque salía de allí intacto, sin un rasguño, nada lo malograba. Estuve a punto de perder la vista, al machacarme alguien cristal en los ojos. Esa acción me estremeció, lo reconozco. Tuve la impresión de entrar en el muro, de errar en una maraña de sílex. Lo peor era la brusca, la horrorosa crueldad de la luz; no podía ni mirar ni dejar de mirar; ver era lo espantoso, y parar de ver me desgarraba desde la frente a la garganta. Además, escuchaba unos gritos de hiena que me ponían bajo la amenaza de un animal salvaje (esos gritos, creo, eran los míos).
Una vez quitados los cristales, me colocaron bajo los párpados una película protectora y sobre los párpados murallas de compresas de algodón. No debía hablar, porque las palabras tiraban de los puntos de la cura. «Usted dormía», me dijo el médico más tarde. ¡Yo dormía! Tenía que hacer frente a la luz de siete días: ¡un buen achicharramiento! Sí, siete días a la vez, las siete iluminaciones capitales convertidas en la vivacidad de un solo instante me pedían cuentas. ¿Quién hubiera imaginado eso? A veces, me decía: «Es la muerte; a pesar de todo, vale la pena, es impresionante.» Pero a menudo moría sin decir nada. A la larga, me fui convenciendo de que veía cara a cara a la locura de la luz; esa era la verdad: la luz se volvía loca, la claridad había perdido el sentido; me acosaba irracionalmente, sin regla, sin objetivo. Este descubrimiento fue una dentellada en mi vida. "



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