Los reyes del mambo tocan canciones de amor (fragmento)Oscar Hijuelos

Los reyes del mambo tocan canciones de amor (fragmento)

"Un sábado por la tarde en La Salle Street, hace ya muchos años, cuando yo era aún un niño, a eso de las tres la señora Shannon, aquella oronda irlandesa que llevaba siempre el delantal lleno de lamparones de sopa, abrió la ventana de su apartamento que daba a la parte de atrás y gritó con voz estentórea por el patio: ¡Eh, César, eh, que creo que estás saliendo en la televisión, te juro que eres tú,¡-- Cuando oí los primeros acordes de la sintonía del programa --Te quiero, Lucy-- me puse nerviosísimo, porque me di cuenta de que se refería a un acontecimiento marcado por el sello de la eternidad, a aquel episodio en el que mi difunto padre y mi tío César habían aparecido haciendo los papeles de unos cantantes, primos de Ricky Ricardo, que llegaban a Nueva York procedentes de la provincia de Oriente, en Cuba, para actuar en el club nocturno de Ricky, el Tropicana.

Todo lo cual no dejaba de ser una transposición bastante fiel de sus vidas reales: ambos eran músicos, componían canciones y se habían venido de La Habana a Nueva York en 1949, el año en que formaron Los Reyes del Mambo, una orquesta que llenó clubs, salas de baile y teatros por toda la Costa Este, e incluso --lo que constituyó el momento culminante de su carrera musical-- hicieron un legendario viaje a San Francisco en un autocar pintado de color rosa pálido para actuar en la Sala de Baile Sweet, en un programa compuesto exclusivamente por estrellas del mambo, en una hermosa noche de gloria, ajena aún a la muerte, al dolor, a todo silencio.

Desi Arnaz los había visto tocar una noche en un club nocturno que estaba en no sé qué sitio en el oeste de Manhattan, y tal vez porque ya se conocían de La Habana o de la provincia de Oriente, donde habían nacido tanto el propio Arnaz como los dos hermanos, lo lógico y natural fue que los invitara a cantar en su programa de variedades. Una de las canciones, un bolero romántico que ellos habían compuesto, le gustó especialmente: Bella Maria de mi alma.

Unos meses más tarde --no sé cuántos exactamente, yo tenía entonces cinco años-- empezaron a ensayar para la inmortal aparición de mi padre en aquel programa. A mí los suaves golpecitos que daba mi padre llamando a la puerta de Ricky Ricardo siempre me han parecido una Ilamada de ultratumba, como en las películas de Drácula o de muertos vivientes, en las que los espíritus brotan de debajo de losas sepulcrales y se deslizan por las rotas ventanas y los carcomidos suelos de lúgubres mansiones antiguas: Lucille Ball, la encantadora actriz y comediante pelirroja que hacía el papel de esposa de Ricky, estaba limpiando la casa cuando oía a mi padre golpear suavemente con los nudillos a la puerta.

--Ya voyyyyyy...--contestaba con voz cantarina.

Y allí en la entrada aparecían dos hombres con trajes de seda blancos, pajaritas que parecían mariposas con las alas desplegadas, los negros estuches de un instrumento musical en una mano y sus canotiers en la otra: mi padre, Néstor Castillo, delgado y ancho de hombros, y mi tío César, corpulento e inmenso. Mi tío decía:

¿La señora. Ricardo? Yo soy Alfonso y éste es mi hermano Manny...

Y el rostro de la dueña de la casa se iluminaba con una radiante sonrisa y contestaba:

--Ah, ustedes son los que vienen de Cuba, ¿no? ¡Ricky me ha hablado tantísimo de ustedes!

Y luego, sin más preámbulos, se sentaban en el sofá y entonces entraba Ricky Ricardo y les decía algo así como: --¡Manny, Alfonso! ¡Pero bueno... qué estupendo que hayan podido arreglarlo todo y venir de La Habana para. el programa!

Y entonces mi padre contestaba con una sonrisa. La primera vez que vi el programa fue cuando lo repusieron en televisión y recordé muchas más cosas de él: cómo me sentaba en sus rodillas, el olor de la colonia que usaba, las palmaditas que me daba en la cabeza, la moneda de diez centavos que me ofrecía jugando, las caricias que me hacía en la cara mientras silbaba, y los paseos que nos llevaba a dar a mí y a mi hermanita Leticia por el parque, y muchos otros momentos que acudieron atropelladamente a mi memoria, de forma que verle aparecer en el programa tuvo algo de portentoso, como si se tratara de la resurrección de la carne, como si Cristo hubiera salido del sepulcro e inundara el mundo con su luz--eso es lo que nos enseñaban en la parroquia del barrio, que tenía aquellas grandes puertas pintadas de rojo-- porque mi padre estaba entonces otra vez vivo y se quitaba el sombrero y se sentaba en el sofá del salón de la casa de Ricky, con el negro estuche de su instrumento musical descansando en el regazo. Tocaba la trompeta, movía la cabeza, abría y cerraba los ojos, hacía gestos de asentimiento, se paseaba por la habitación y decía --Gracias-- cuando le ofrecían una taza de café. Para mí, la habitación se llenaba de pronto de una luz plateada y radiante. Y en ese instante me di cuenta de que podíamos verle una vez á La señora Shannon había gritado por el patio para alertar a mi tío: yo estaba ya en el apartamento. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com