Viernes o los limbos del Pacífico (fragmento)Michel Tournier

Viernes o los limbos del Pacífico (fragmento)

"Pero Robinsón no debía recobrar del todo su humanidad hasta que se diera a si mismo otro refugio diferente al fondo de una gruta o a un toldo de hojas. Al tener a partir de ese momento al más doméstico de los animales como compañero, debía construirse una casa, tan profunda es a veces la sabiduría que encubre un simple parentesco verbal. La situó a la entrada de la gruta que contenía todas sus riquezas y que se encontraba en el punto más elevado de la isla. Excavó en primer lugar un foso de tres pies de profundidad que rellenó con un lecho de guijarros recubiertos a su vez por una capa de arena blanca. Sobre ese basamento perfectamente seco y permeable, alzó unos tabiques superponiendo troncos de palmeras sujetos mediante muescas angulares. Las cortezas y la crin vegetal llenaban los intersticios entre los troncos. Sobre un ligero entramado de vigas a doble vertiente tendió una techumbre de cañas entrelazadas sobre la cual colocó después hojas de caucho montando unas sobre otras como si se tratara de pizarra. La superficie exterior de los muros la revistió con mortero hecho de arcilla húmeda y pajas. Un enlosado de piedras planas e irregulares, ensambladas como las piezas de un puzzle, recubrió el suelo arenoso. Las pieles de cabra y las alfombras de junco, algunos muebles de mimbre, la vajilla y los fanales salvados del Virginia, el catalejo, el sable y uno de los fusiles colgados de la pared, creaban una atmósfera confortable e incluso íntima de la que Robinsón no se dejaba impregnar. Desde el exterior esta primera vivienda tenía un aspecto sorprendente de isbá tropical, tosca pero a la vez cuidada, frágil por su techumbre y maciza por sus muros, características en las que Robinsón se complació al encontrar en ellas las contradicciones de su propia situación. Por otro lado, era también consciente de la inutilidad práctica de aquel refugio, a la función capital, pero sobre todo moral, que le atribuía. Decidió no realizar allí ninguna tarea utilitaria —ni siquiera la cocina—, decorarla con una paciencia minuciosa y no dormir en ella más que el sábado por la noche, continuando los demás días utilizando una especie de camastro de plumas y pelos con que había rellenado un hueco de la pared rocosa de la gruta. Poco a poco aquella casa se fue convirtiendo para él en una especie de museo de lo humano, en el que no entraba nunca sin tener la sensación de estar realizando un acto solemne. Tomó incluso la costumbre —tras haber desembalado los vestidos que estaban guardados en el cofre del Virginia (y algunos eran muy hermosos)— de no penetrar en aquel lugar más que vestido con calzas, medias y zapatos, como si fuera a visitar a lo mejor de sí mismo. "


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