Sueño primaveral (fragmento)Gestur Pálsson
Sueño primaveral (fragmento)

"Tardó en llegar el calor aquella primavera, como solía ocurrir. Primero llegó el temporal de Pascua, después la ventisca de la fiesta de Pentecostés y, por último, la tormenta de la Ascensión; pero aquel año no llegó a producirse el temporal de Pentecostés, porque precisamente poco antes de la fiesta empezó a mejorar el tiempo y se instaló la calma, y durante los días de la festividad hizo un tiempo espléndido. Alrededor de las granjas y aquí y allá, por los campos, comenzaron a aparecer manchas verdes, y los agricultores de Staðarsveit empezaron a hablar de que todavía no estaba todo perdido y de que el crecimiento de la hierba podría ser aceptable, aunque la primavera llegara tarde. Entonces se tomaron una copa, porque había llegado el barco, y estaban alegres después de la invitación del predicador. Pero el tiempo cálido no duró más que unos pocos días. Después volvió a refrescar, y una noche muchos miraron hacia las montañas que se alzaban sobre el valle. Allí había nubes blanquecinas que se deslizaban lentamente de un lado a otro, como si una calma primaveral se hubiera apoderado de ellas. Luego se retorcían y cambiaban de dirección, como si estuvieran jugando; pero allí por donde pasaban y dejaban ver las montañas, todo quedaba blanco como la nieve bajo ellas. En algunos lugares se deslizaban ladera abajo y, por todas partes, las huellas que dejaban eran blancas, blancas como la nieve.
Abajo, en el asentamiento, los agricultores permanecían de pie contemplando con tristeza aquel juego de las nubes de nieve sobre las laderas. Pensaban en sus escasas reservas de heno y en sus numerosos animales, y después se acordaban de sus mujeres y de sus hijos. Ningún campesino se fue aquella noche alegre a la cama.
Al día siguiente había caído una helada considerable; las montañas estaban blancas de nieve hasta abajo, junto al asentamiento, y habían desaparecido todas las manchas verdes de los campos. Toda la vida primaveral se había extinguido en una sola noche, casi como un niño pequeño que no tiene la menor idea de la alegría que llegará cuando cobre vida ni de la tristeza que sentirá cuando muera.
Después llegó una ola de frío, áspera y despiadada: a veces tiempo seco con ráfagas del norte, heladas por la noche y frío durante el día; otras veces, fuertes nevadas que, por una especie de capricho del frío, cubrían de nieve grandes extensiones del valle, mientras pasaban inofensivamente junto a fincas enteras.
No era, por tanto, de extrañar que Bergur, de Hóll, después de que acabara una de aquellas ráfagas y viera sus prados y pastizales completamente blancos, mientras no se divisaba ni una sola mancha de nieve en los terrenos de sus vecinos, se pusiera a pensar en lo incomprensible —e incluso extraño— que podía ser el gobierno del mundo: que ahora se cebara precisamente con quien menos recursos tenía y menos heno había almacenado, y que, en cambio, no pareciera reparar en sus vecinos, que eran hombres acomodados y tenían heno de sobra.
Poco a poco, sin embargo, el tiempo empezó a mejorar, y un día, ya avanzado el mes de junio, había gran actividad en la casa parroquial de Stað."



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