La señora Justright (fragmento)Annie M.G. Schmidt

La señora Justright (fragmento)

"Cuando ella se levantó, la luna estaba brillando en su habitación. Era medianoche. Abrió los ojos, miró los muebles de la habitación a oscuras e inmediatamente los cerró. Bueno, bueno. Estoy soñando, pensó. Una vaca en mi habitación, es imposible. Debo estar soñando. Pero me siento tan despierta y con la mente clara. ¿Cómo he podido ver cuernos? Cuidadosamente, abrió los ojos de nuevo, y esta vez se sentó en la cama. No era una vaca. Era un hombre. Un hombre estaba sentado en la silla cerca de la cama. Tenía cuernos, eso era lo más inconfundible de él. Cuernos grandes y arqueados, que se veían espantosos. También tenía una barba, una descuidada y abundante barba.
Cuando vio a la señora Justright sentarse, levantó su porra de forma amenazadora y se colocó en la cama. La señora Justright no gritó. Era una mujer decidida y tiró del cordón de la luz. El bárbaro se asombró por la brillantez de la luz. Se olvidó que estaba intentando asustarla y comenzó a jugar con la lámpara que colgaba del techo. ¿Es esto alguna especie de broma? Pensó la señora Justright.
Abrió su boca para preguntarle, pero antes que pudiera decir algo el salvaje estaba mirándola de nuevo y preguntando,
-¿Dónde está?
-¿Dónde está qué? preguntó la señora Justright.
-La urna sagrada, dijo el bárbaro.
-¿Urna sagrada? Pensó la señora Justright. ¿Qué era lo que el individuo intentaba decir?
-Mi buen hombre, dijo ella, forzar su entrada en la habitación de una dama con un atuendo tan fuera de lo común es una clara señal de mala educación, sin importar que tan convincente sea su vestimenta. No es gracioso. Ahora podría por favor salir de mi hogar inmediatamente.
-Yo quiero mi urna sagrada, dijo el hombre.
-Yo no se nada sobre urnas sagradas, dijo la señora Justright. Y ahora he tenido suficiente, esto no me hace ninguna gracia. Usted no es gracioso. Váyase.
Pero mientras decía esto, le miró la cara y las manos. El hecho horroroso de que esto no fuera una broma de Halloween anticipada comenzaba a ser claro para ella. No era un hombre respetable en un traje ostentoso. Era un alemán antiguo.
-¿Usted es realmente un a-a-a-lemán antiguo? tartamudeó ella.
-Por Woden, que lo soy, dijo el bruto. Soy un batavio. Ahora devuélveme la urna sagrada.
-¿Pero... cómo has llegado aquí? dijo la señora Justright.
-Woden me ordenó que cuidara la urna sagrada. Y yo la he cuidado, por cientos de años, miles de años, dos miles de años, nyef nyef... tanto tiempo... Pero debo haberme quedado dormido. Cuando desperté la urna ya no estaba. Yo salí de tu verde.
-¿Saliste de que? preguntó la señora Justright.
-De tu verde.
-Oh, quieres decir de mi jardín.
-Mis antepasados nunca me perdonarán, nyef nyef, si la urna sagrada desaparece, Wodan me castigará. Es por eso que estoy en tu recámara implorándote – dame la urna sagrada.
Oh por Dios, pensó la señora Justright, ahora entiendo. Quiere decir ese inútil florero. Era un descubrimiento histórico después de todo: un antiguo florero batavo.
-Ven, ven, dijo ella alegremente. Nadie se va a enfadar contigo por perder ese viejo florero. Pero el batavio se paró, mostró su dentadura y levantó su porra de nuevo.
-Yo, dijo, yo soy el Gran Asesino de Osos. Yo soy el Gran Duff de Leipnir.
-¿Entonces tu nombre es señor Duff, no es así? preguntó la señora Justright. Que fascinante.
-Dame la urna, gritó el bárbaro.
-Sin amenazas ahora, por favor, dijo la señora Justright. Tómalo con calma, relájate. Yo lo siento mucho porque tu florero no estará aquí más. Se lo di al... doctor Vyrus.
-El Gran Duff rugió y movió su porra a izquierda y derecha, golpeándola extrañamente aquí y allá.
-Para, gritó la señora Justright. Si tú no te puedes comportar correctamente, tendré que llamar a la policía.
-Nyef nyef, dijo el Gran Duff.
-¿Que se supone que es el significado de “nyef nyef”? preguntó la señora Justright. No estás siendo muy claro.
-Eso es sólo algo que los batavianos decimos, dijo Duff simplemente. Ahora dame la urna sagrada. Te lo ruego, mujer! Así podré regresar a Valhalla.
El la miró con tanto sufrimiento en sus ojos que la señora Justright comenzó a perder su compostura habitual.
-Bueno, si tú insistes, dijo ella, entonces llamaré al doctor. Le di ese inútil florero como regalo. Le pediré que me lo devuelva inmediatamente. Pero dudo mucho que lo haga, en la mitad de la noche.
La señora Justright fue a la habitación y marcó el número. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com