La novela florentina (fragmento)Vittorio Imbriani
La novela florentina (fragmento)

"Tres amigos llegaron una noche a una pequeña posada rural y disfrutaron de una cena frugal. Antes de acostarse, le dijeron al posadero que querían desayunar a la mañana siguiente antes de irse. El posadero respondió, lamentando tener que decirles lo contrario, que era imposible; pues, aparte de lo que les había dado, no le quedaba nada en casa excepto un cuarto de pavo, una hogaza de pan y el vino, que vieron en la botella era poco más que una copa. Los amigos se sintieron decepcionados. Pero, tras haber decidido consumir lo poco que había, y si no todo, al menos uno de ellos, acordaron que el que tuviera el mejor o el peor sueño esa noche desayunaría al día siguiente, mientras que los demás se quedarían sin él. Así se apostó en presencia del posadero, a quien designaron juez de sus sueños. Y se fueron a descansar. Uno de ellos, al despertar al amanecer y con hambre, fue a la cocina; y, tomando el pan, el pavo y el vino de la alacena, comió y bebió todo. Cuando los demás se levantaron, lo encontraron con el posadero, a quien hicieron sentar en una vieja carreta para que decidiera la calidad y el mérito de los sueños de cada uno. El primero contó haber soñado con ascender al cielo y disfrutar de todos los placeres de la dicha, que eran tantos que los labios humanos no podían describir; y concluyó que no se podía soñar un sueño más hermoso. El otro dijo que había soñado con caer en el infierno, sufriendo tal sufrimiento y padeciendo tal terror que aún hoy sigue aterrorizado. El posadero le comentó al primero: «Es innegable que tu sueño es hermoso». Y volviéndose hacia el segundo, dijo: «Es igualmente innegable que tu sueño es horrendo. Ahora escuchemos al tercero». Y el tercero, tranquilo y riendo, contó que había soñado que sus dos pobres compañeros habían muerto, uno llevado al cielo y el otro arrojado al infierno. Que, según los dogmas de nuestra santa religión, de esos lugares, para bien o para mal, no se regresa a este mundo; Y, de hecho, de los que se fueron para allá, ninguno regresó. Convencido, por tanto, de que ninguno de los dos necesitaba desayunar, se levantó; y, creyendo que tendría que irse solo, comió todo lo que había y bebió el poco vino que quedaba. El posadero rió con ganas ante la ingeniosa idea; y decidió que, por muy hermoso que fuera el sueño del primer huésped y horrible el del segundo, el tercero era el más lógico; y que no había ninguna culpa en ello. Y condenó a los dos ayunantes a pagar todos los gastos de su posada. Los perdedores consideraron justa la sentencia y la aceptaron; y, tras pagar la cuenta, se despidieron, continuando su viaje con la intención de parar en la primera taberna que encontraran y comer hasta saciarse, lo cual hicieron."


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