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Desolación (fragmento) "Los escalones de piedra que subían hacia la casona eran amplios y poco elevados y estaban gastados como un jabón viejo. La mujer tomó el llamador de bronce —un anillo muy grande que pasaba por la nariz de un toro enorme— y sintió su peso. Después llamó. Esperaron con paciencia, una paciencia que nacía más del cansancio, del abandono de cualquier esperanza de una recompensa fácil, que de la buena voluntad. Ella extendió su mano para despeinar al niño, para darle coraje a ambos. Toc toc. Abrió la puerta una mujer mayor. Llevaba su uniforme de siempre, un vestido negro con un delantal blanco; su pelo, ahora gris, estaba prolijamente recogido. Se miraron una a la otra en silencio, compartiendo el entendimiento del milagro infravalorado que implica una puerta: en un momento no hay nadie, y al siguiente… ahí está. Los niños espiaron hacia dentro y vieron el hall de entrada; era austero e inmenso y las paredes, recubiertas por paneles de madera, estaban pintadas de un pálido gris paloma. Los techos altos le daban la autoridad de una iglesia o una corte, aunque minada por los coloridos globos inflados con helio que flotaban sostenidos por jarrones o atados al pasamanos de la gran escalera principal." epdlp.com |