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Frankenstein en Bagdad (fragmento) "Aquella amargura tal vez desaparecería al comulgar, al final de la misa, en la iglesia de San Odicho. Al oír la voz de sus hijas y nietos por teléfono, quizás se desvanecería la oscuridad que velaba su corazón y brillaría una luz en sus ojos brumosos. Por lo general el padre Yosiah esperaba a que su móvil empezara a sonar para comunicarle que Matilda la llamaba; si su hija no llamaba, Elisua aguardaba una hora antes de pedir al cura que le marcara el número. Este ritual se repetía cada domingo desde hacía al menos dos años. Antes, las llamadas no eran tan regulares y se recibían en el teléfono fijo de la iglesia. Sin embargo, desde que los norteamericanos habían bombardeado la central de telecomunicaciones y entrado en Bagdad dejando la red telefónica inutilizada varios meses y la ciudad asolada por la muerte, la llamada semanal de las hijas de Elisua se había convertido en una cita ineludible. Al principio, tras los meses más difíciles, las llamadas llegaban a un teléfono de la compañía Thuraya, proporcionado por una ONG japonesa a la iglesia de San Odicho y a su joven párroco asirio, el padre Yosiah. Después, tras el restablecimiento de las redes móviles, el padre Yosiah conseguía un teléfono y Elisua hablaba con sus hijas con él. Al terminar la misa, los feligreses hacían cola para escuchar las voces de sus hijos e hijas repartidos por el mundo. A menudo llegaba gente, cristianos de otras confesiones e incluso musulmanes al barrio de Garay Al-Amana, donde se encontraba la iglesia, para llamar gratis a sus familiares en el extranjero. Más adelante, con la proliferación de los móviles, bajó la demanda del teléfono del padre Yosiah, ya que mucha gente acabó comprándose uno. No fue el caso de la anciana Elisua, que continuó ciñéndose al ritual de la llamada dominical." epdlp.com |