La viña de uvas negras (fragmento)Livia De Stefani
La viña de uvas negras (fragmento)

"Se alzaban más allá del recinto amurallado la copa impenetrable de un algarrobo y el tronco de un eucalipto con la corteza toda hecha jirones, semejantes a viejos desgarros de cuero, aliviado aquel desollamiento por el fresco caer y el continuo crujir de ligeras hojas plateadas. Si soplaba viento, las ramas frondosas del algarrobo no se movían, como si fueran de hierro, mientras que las del eucalipto gritaban y se deshacían como algas muertas en la playa. También las plantitas del huerto reaccionaban al viento de maneras diferentes, y Concetta no conseguía entender el porqué. Las coles apenas alzaban las alas de sus hojas; las fibras verdísimas de los hinojos se amontonaban blandas y ondulantes como plumas; los guisantes, especialmente si el viento era siroco, se acartonaban y amarilleaban. Por el contrario, los capullos de las rosas se abrían al viento de una hora para otra, bellísimos.
Del mar, quizá porque era preciso en su diseño, decía que era sabio y sin vicios. De hecho, cuando hacía viento se encrespaba, todo uniforme, de un lado al otro del golfo. Si era viento de tempestad, se afanaba para arquearse fatigosamente a lo alto y a lo ancho, y no dejaba esperanza para un trocito liso que pudiera engañar a los pescadores. El mar no necesitaba cuidados; no había malas hierbas que arrancar ni tierras de cultivo que revolver ni pájaros a los que espantar con espantapájaros. El mar no teme ni al granizo ni al exceso de sol. La fortuna de quienes trabajan en el mar depende de la luna. Puntual también ella en el nacer y en el morir, basta con conocer y esperar las noches propicias. En el mar los peces tienen sus temporadas, como en la tierra los frutos; puede darse una temporada de escasez, pero cuando se pescan no están picados y jamás sucede que sepan distinto a como sabían el año anterior.
Concetta no le hablaba nunca a Casimiro de su vínculo condescendiente, casi de parentela, con el mar. Cada vez que tenía ocasión delante de él, que era hombre de campo, renegaba de él. Pero Casimiro, que intuía su apego y lo despreciaba, cuando le hablaba de los encuentros y los acontecimientos de su jornada, se obligaba a asociar a las personas que no le caían bien, los hechos o las palabras de la gente de Cinisi con insinuaciones malévolas relacionadas con el mar, que él consideraba adversario suyo y de la tierra, maligno corruptor del ánimo de quien nacía en su orilla."



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