Fontana di Trevi (fragmento)Gabriela Adamesteanu
Fontana di Trevi (fragmento)

"Estoy tumbada de espaldas, con los ojos cerrados, con las palmas hacia arriba, y relajo cada músculo, procurando visualizar un árbol nudoso, con un follaje verde y fresco, proyectado sobre un cielo azul. Pero sigo en el pasillo oscuro del Edificio y veo a Sorin a plena luz. Los movimientos ralentizados, la piel arrugada, las manchas de vejez en las mejillas, en la frente despejada por la falta de pelo. Tiene sesenta años, puede que más, pero no ha perdido su ternura; es mi Sorin, siento la sombra de su altura igual que entonces, cuando bailábamos en el estudio del amigo Florinel, frágil, protegida por su cuerpo grande. Y me siento relajada, para que los que me rodean se convenzan de que he olvidado el pasado. Así me comporto, así hablo, así río. Pero qué inseguro se siente aquel que miente todo el tiempo. ¿Se miente a sí mismo?
¡No! He olvidado el pasado, puesto que he prometido incluso ir a la fiesta de Dorina: la celebración de la matanza con paté, morcillas y carne frita en manteca, con áspic y embutidos frescos, botellas de ţuica y damajuanas de mosto. Todo ello acarreado desde el pueblo por sus avispados padres. La sempiterna fiesta de la institución, todos conocen las debilidades ocultas de los demás y, como de costumbre, despedazan al ausente. Sorin escucha, sonriente, hasta que se decide a mostrar su fair-play.
[...]
No me interesa la fiesta, sólo quiero encontrarme con él, como en otra época. Nos hemos alejado de los demás y hablamos en voz baja, ¿y si quedamos, después de tanto tiempo, para charlar un rato? Él ha dejado caer la invitación, como si me hubiera leído el pensamiento. Saca la libretita de entonces y anota, cuidadoso, «Alameda de los Tilos 77, bloque 1, portal a, ap. 22». Conozco, incluso en sueños, la dirección de la familia Morar, y como prueba se la digo ahora, en sueños.
¿Estoy dormida o despierta? ¿Ha sido acaso una muestra de debilidad aceptar que nos veamos como entonces? Pero no, es al revés: si he podido hacerlo es porque me he liberado del pasado. O que no me voy a liberar de él jamás.
Con un vestido amplio, con el pelo corto, pegado a la cabeza, Dorina no nos quita ojo, pero ríe y juega su papel más exitoso, el de bufón. El bufón de las obras isabelinas que dice verdades inconvenientes. Las bromas feroces de Dorina sobre sí misma—que es fea, que no tiene éxito con los hombres, que sufre de soledad y que quiere casarse—hacen que se me encoja el corazón de pena.
[...]
Me sobresalto cuando el timbre desgarra de nuevo el frágil tejido del sueño. El desconcierto del oído, obligado a identificar los ruidos de un lugar desconocido. Me agito, disgustada, pero ya no tiendo la mano para apagar el despertador, he recordado dónde estoy. La luz sangrienta-grisácea me anima a remolonear en la cama, ¡qué jaleo me espera hoy! Tengo que comprobar el estado de la villa de la calle Domniţa Ralu, donde vivió Caius Branea en los años cuarenta, quedar con Junior y con el nuevo abogado en la Brasserie, en Herăstrău, ir con Daniel a visitar al editor, quienquiera que sea.
Pero ¿qué hora será? No veo por ningún sitio las agujas fosforescentes, no oigo el tictac. Con las paredes cubiertas de fotografías enmarcadas, la habitación de Claudia es un inmenso herbolario que ha aplastado su infancia, resucitada tan sólo en sus sueños italoamericanos.
Y, de hecho, ¿qué me ha despertado? ¿El reloj invisible o el teléfono? Escucho el rumor lejano de la calle y las gotas de lluvia que golpean, redondas, el cristal, en un intento por calmar mi frustración: si no hubiera sonado este desgraciado de despertador, habría seguido hablando con Sorin, aunque fuera sólo en sueños."



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