El dolor de la guerra (fragmento)Bao Ninh
El dolor de la guerra (fragmento)

"Kien conoce bien la zona. Allí fue donde, al final de la Estación Seca de 1969, su batallón, el 27º, fue rodeado y prácticamente aniquilado. Del funesto batallón sobrevivieron diez hombres, tras una lucha encarnizada, horrible, brutal.
En aquella estación seca el sol calentaba despiadado, el viento soplaba con fiereza, y el enemigo roció la jungla de napalm y un mar de fuego los envolvió, extendiéndose como las llamas del infierno.
Los soldados de las fragmentadas compañías trataban de reagruparse, sólo para que otra explosión los arrancara de nuevo de sus refugios mientras enloquecían, se desorientaban y arrojaban a la lluvia de balas, para morir en aquel averno llameante. Por encima de sus cabezas, los helicópteros volaban a la altura de las copas de los árboles y los iban matando casi uno a uno: la sangre salpicaba, brotaba de la espalda, fluía como barro rojo.
En el claro de hierba romboidal se amontonaban los cuerpos acribillados por los helicópteros de combate. Cuerpos desmembrados, cuerpos reventados, cuerpos volatilizados.
En aquel claro no volvió a crecer la jungla. Ni la hierba. Ni las plantas.
«¡Antes morir que entregar a mis compañeros! ¡Antes morir!», chillaba como un loco el comandante del batallón, y blandiendo su pistola ante Kien, se la llevó a la oreja y se voló la tapa de los sesos. Al verlo, Kien lanzó un grito ahogado, justo cuando los americanos atacaban con ametralladoras; las balas que éstas escupían zumbaban a su alrededor igual que abejas mortíferas.
Kien bajó su fusil, se asió el costado y cayó al suelo. Rodó lentamente por la orilla de un arroyo poco profundo, dejando tras de sí un reguero de sangre caliente.
En los días que siguieron, cuervos y águilas oscurecieron el cielo. Después de que los americanos se retiraran, llegó la estación de las lluvias, inundando la jungla, convirtiendo el campo de batalla en un cenagal cuya superficie se tiñó de orín a causa de la sangre. Cadáveres hinchados mezclados con ramas y troncos que la artillería había derribado, todo a la deriva en un pestilente cenagal. Cuando las aguas cedieron, el sol lo secó todo y no quedó más que barro espeso y hedionda carne podrida. Kien se arrastró por la orilla, arroyo abajo, sangrando por la boca y las heridas que cubrían su cuerpo. La sangre era fría y pegajosa, como la de un cadáver. Sintió serpientes y ciempiés reptar por su cuerpo, y el roce de la mano de la Muerte. Tras esa batalla nadie volvió a mencionar al Batallón 27º, aunque fueron muchos los fantasmas y demonios que nacieron en aquella derrota mortal. Seguían allí, deambulando por cada rincón y cada arbusto de la jungla, bajando a la deriva por el arroyo, negándose a partir hacia el otro mundo."



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