Cuarenta velas (fragmento)Raimond Kaugver
Cuarenta velas (fragmento)

"Así es nuestro destino, qué le vamos a hacer: andar siempre maniobrando entre los grandes, cuidando de que ninguno te aplaste. Te arrimas a un bando y viene el otro y te deja hecho polvo. Te pones a esperar a ese otro y, confiando en él, te enfrentas al que está arriba en ese momento, y entonces recibes una buena tunda de su parte. Como el perro del gitano: siempre tienes que andar debajo del carro. En cuanto asomas el hocico por cualquier lado, te cae una patada.
Me contemplo a mí mismo por última vez en el espejo, miro a ese espantajo larguirucho metido en un frac prestado que Diana me endilgó al cuello o, mejor dicho, me echó a la espalda, y que es como el símbolo de toda mi vida, sí, de una vida en la que todo ha sido prestado, en la que nada ha sido verdaderamente mío. Siento un miedo un poco supersticioso ante el futuro; me arrancaría el frac de encima con todas mis fuerzas: parece una siniestra profecía burlona también de la vida que ahora me espera. Pero no lo hago. Sé que no me atrevería. No me atrevo a hacer nada, en realidad: me limito a escuchar órdenes y consejos y a dejar que me empujen en la dirección en que quieren llevarme.
[...]
Esta es una guerra extraña. Estamos sentados en las trincheras, nosotros aquí y ellos allá. A veces, un solo disparo de francotirador resuena a la izquierda o a la derecha, y luego todo vuelve a estar en silencio. Cuando la escasez de agua se vuelve muy grave, se llega a una especie de acuerdo: cada día se declara una hora sin agua. Entonces, hombres de ambos bandos llegan con cubos y se encuentran en un agujero abierto en el hielo bajo el río. Intercambian papeles e intentan hablar, como si no hubiera la menor enemistad entre ellos. Cuando los cubos están llenos, dos escuadrones de diferentes colores suben desde sus respectivas orillas. Y exactamente una hora después de que se concluye la "tregua", se oye una única ráfaga corta de ametralladora de ambos lados: un juego de honor, una señal de advertencia. Dos veces los aguadores han excedido el límite de tiempo permitido. Una vez de nuestro lado, la segunda vez del suyo. Nos costó dos hombres, a ellos uno: abrieron fuego inmediatamente y con la precisión de un segundo. Nadie rompe el acuerdo, pero nadie lo prolonga ni un instante."



El Poder de la Palabra
epdlp.com