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Adiós a los años hechos añicos (fragmento) "De repente, Dagmar se abrió paso entre la multitud y consiguió dos sitios en la mesa de la fiesta que acababan de quedar libres. «A ti hay que mandarte por delante», dijo Mamo mientras él también se abría paso a empujones. Las sillas estaban calientes y la mesa, pegajosa por culpa de una bebida dulce. Las filas de personas sentadas eran un único chirrido. En el estrado, una orquesta tocaba canciones populares de siempre. En la pista de baile danzaban de un lado para otro algunas parejas —los hombres con el pecho adelantado y el cuerpo rígido—. El camarero se abría paso con la bandeja entre el gentío, recogía pedidos y seguía serpenteando entre la gente. Durante un rato, Dagmar estudió los rostros y escuchó las conversaciones. Hacía eso cada vez que estaban en algún local, mientras que Mamo tendía más bien a fijarse en el espacio, las fachadas, los cuadros, las lámparas. La gente que lo rodeaba le era indiferente. Procuraba que lo dejaran tranquilo. Una mirada interesada podía interpretarse rápidamente como un intento de entablar contacto. Antes se había sentido más sociable, pero solo después de haber podido estar seguro de que también sería aceptado. De lo contrario, le importaba un bledo todo el mundo. Desde los incidentes desagradables, y más aún después de la llegada de la carta de expulsión, evitaba los contactos. En cierto modo, también a la pandilla. Quería evitarse complicaciones. La maquinaria de la deportación que había atrapado a su familia había hecho tambalearse la imagen que tenía de sí mismo. Le parecían ya lejanas las épocas en que iba regularmente a las discotecas con sus amigos y disfrutaba haciendo de intruso, sacando a relucir al sureño que llevaba dentro, aquel que transmitía con la mirada insinuaciones o declaraciones de amor. Sabía que estaba jugando con eso. Le divertía y, dentro del grupo, proporcionaba material para los cotilleos y las bromas. También se había desvanecido la sensación de pertenecer allí con toda naturalidad." epdlp.com |