El noveno termidor (fragmento)Mark Aldánov
El noveno termidor (fragmento)

"Shtaál, que no había entendido bien la canción, tendió a la mendiga un billete. La vieja alzó los ojos hacia él, negó con la cabeza, dejó de cantar y escondió el dinero en la media. Luego volvió a mirar apresuradamente al joven y de nuevo se oyó el tintineo.
«Esta mujer podría cantar así durante cien años», pensó Shtaál, dio a la mendiga otra media libra y se volvió.
—Gracias, buen señor —murmuró la vieja—. Que la Madre de Dios le conceda felicidad, buen señor. Por aquí, por aquí, la entrada está aquí, buen señor...
«Pues es verdad, aquí está la entrada a las torres. ¿Y si subiera hasta lo alto? —se dijo Shtaál—. Es un poco tarde, desde luego, pero hace buen tiempo... En el aire de París se ve el doble de lejos».
Shtaál miró hacia arriba, protegiéndose los ojos con la mano. Tenía miedo a las alturas. Al imaginarse en lo alto de la torre («Seguro que no hay barandilla, o es baja»), se estremeció y negó con la cabeza. Avergonzado al instante de aquel miedo absurdo, Shtaál entró por una puerta lateral. Un soplo de aire húmedo le llegó al rostro. El sol desapareció. Las piedras se le echaron encima y se lo ocultaron todo.
La escalera era estrecha, de caracol, con peldaños pequeños y toscos, más anchos por uno de sus extremos. Shtaál subió rápidamente varios giros y se detuvo junto a una estrecha y larga hendidura que servía de ventana. A través de aquella profunda abertura sólo se veía el horizonte. Era imposible mirar hacia abajo. En el horizonte se derramaba una llama roja.
«Ahora todavía no pasaría nada si cayera, no me mataría», pensó Shtaál y continuó rápidamente.
Las irregulares losas rectangulares, de un gris oscuro, de las paredes, unas veces se aclaraban al acercarse a una nueva ventana y otras se volvían casi negras. Por el temblor de sus rodillas, Shtaál comprendió que había subido muy alto. Instintivamente, agarró con la mano la delgada barra de hierro de la barandilla que corría a lo largo de la pared.
En el rellano, donde había más luz, el joven descansó.
«Cuánta gente habrá recobrado aquí el aliento a lo largo de mil años», pensó.
Después del rellano, la escalera se hizo todavía más estrecha. De pronto quedó completamente a oscuras. Shtaál sintió bajo sus pies el abismo. Tuvo miedo y su mano se cerró sobre la barra de hierro. Recorrió rápidamente otros dos giros, sin apartar de la barandilla la mano, que se deslizaba por ella.
De pronto apareció el sol y le llegó el aire fresco. La escalera terminaba allí. Shtaál estaba en la galería, al pie de la torre derecha. A sus pies yacía París.
El joven se acercó cautelosamente a la barandilla, miró a su alrededor, luego retrocedió un paso y permaneció largo rato contemplando el abismo y la ciudad eterna.
Sobre la seda lila del cielo se encendieron algunas estrellas. Las sombras se movían en la Torre de Plata y en el Palacio de la Convención. Shtaál se orientó en el espacio y buscó con la mirada el lugar donde podía encontrarse la fosa común.
Lo ocupaban los mismos pensamientos de antes."



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