Berlín (fragmento)Ernst Dronke
Berlín (fragmento)

"La locomotora silba. Desde Trebbin, la última estación del ferrocarril de Anhalt, el trayecto se prolonga todavía casi cinco millas, de manera uniforme e ininterrumpida; pero ya aquí el paisaje nos anuncia la proximidad del gran y triste mar de arena, en cuyo centro la gran ciudad se alza como un oasis.
A nuestras espaldas, por llano y monótono que fuera el paisaje, de vez en cuando se ofrecían a la vista praderas risueñas y franjas de bosque verde; aquí, en cambio, se extiende ante nosotros, hasta donde alcanza la vista, una landa gris y estéril, salpicada tan solo, de trecho en trecho, por matas de patata amarillentas y solitarios arbustos de brezo, achaparrados hasta parecer enanos.
El tren avanza acompañado de densas nubes de polvo fino y áspero que, como por compasión hacia el viajero, le ocultan la triste visión del trayecto. No se divisa en leguas a la redonda ninguna granja lechera, ningún campo risueño, ni siquiera rodadas de carros o senderos peatonales en esta comarca, que casi todos abandonan para buscar en la propia ciudad una alternativa.
Todo es desolación y silencio a nuestro alrededor: un cuadro triste y, sin embargo, característico, apropiado como antesala o preparación para la ciudad cercana.
Esta llanura chata e infértil, con su polvo corrosivo, en cuyo suelo el caminante casi se hunde, quizá recuerde al forastero, a primera vista, el ambiente intelectual de Berlín. Es la imagen de una crítica estéril, en cuyo terreno nunca pudieron prosperar ni desarrollarse por sí solas las florecillas de semillero y de invernadero de poetas y artistas; donde el polvo del olvido cubrió, hasta tiempos muy recientes, a no pocas figuras eminentes.
Quien llegue aquí desde otras regiones, desde Turingia o desde el Rin, se verá sin duda invadido por la tristeza o la melancolía. La visión de esta landa desolada, amarilla y silenciosa, donde ni siquiera en pleno verano encuentran alimento los pobres pájaros, produce en nosotros una impresión extraña. Quizá sea también el polvo áspero que se nos mete en los ojos…
¡Pero paciencia! Ya nos acercamos cada vez más a la ciudad, que habrá de compensarnos, con sus propias creaciones, por el trato de madrastra que la naturaleza le ha dispensado."



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