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Tierra Santa (fragmento) "La Klara, una goleta de aparejo cangrejo de Hamburgo, avanzaba a la deriva, empujada por una brisa floja sobre un mar de fondo cuyas olas se alzaban como casas, en el mar de la China Meridional. Había capeado bastante mal el temporal de ocho días: la mitad de la borda y toda la caseta de proa habían sido arrancadas y arrojadas por la borda, junto con la vela mayor. Se habían metido en un buen lío. Catorce días antes, cuando holgazaneaban junto al muelle de Hong Kong, la Klara estaba en la rada, larga y esbelta, con los mástiles maravillosamente inclinados hacia proa. Piet Boje, que devoraba con los ojos las líneas de cada barco que veía, contemplaba fijamente la goleta y esperaba la lancha que se dirigía a tierra. Cuando esta se acercó, preguntó por el nombre del barco y su destino al hombre delgado y desgarbado que iba a bordo y los observaba con curiosidad. —Llevamos té y esteras a El Havre —dijo el hombre—. Todavía necesitamos dos hombres. Soy el piloto. Preguntaron algunas cosas más, mientras Piet seguía mirando la goleta gris con largas miradas ávidas. Después se apartaron y deliberaron entre ellos. Habrían preferido cruzar a América, rumbo a San Francisco o Vancouver, a bordo de una de aquellas enormes goletas de madera, de cuatro mástiles, robustas y nuevas, que ofrecían la mejor paga del mundo. Pero, a fin de cuentas, daba igual adónde fueran; y aquella goleta… ¡estaba tan bien construida! Así pues, se despidieron como correspondía del viejo y buen barco en el que habían servido hasta entonces, aunque con una extraña inquietud de conciencia, y se escabulleron como quien quiere desaparecer sin ser visto después de haber obrado mal. Ahora llevaban ya ocho días en el mar y sabían que habían cometido una gran estupidez." epdlp.com |