Un santo en el ascensor (fragmento)Petru Cimpoeșu
Un santo en el ascensor (fragmento)

"Dicho esto, hizo girar amenazadoramente en la mano una percha de ropa, con la que de pronto quiso golpear al señor Anghel en la cabeza. Pero él, que tenía buenos reflejos, le sujetó la mano con un movimiento rápido y hábil y se la retorció a la espalda. En situaciones así conviene actuar con decisión, porque cualquier vacilación puede salir muy cara. Por suerte, había advertido a tiempo sus intenciones.
Entonces la señora Aglaia intentó golpearlo con la otra mano. En ese mismo instante, sin embargo, aplicando el principio de que la mejor defensa es el ataque, el señor Anghel le propinó un golpe seco en la boca, pues ella acababa de escupirle, y después esquivó con facilidad el golpe de ella, que se perdió en el aire. Entonces intentó morderlo, sin conseguirlo. Él también le había sujetado la otra mano y casi la había inmovilizado contra la pared, pero ella se dejó caer de repente, lo que lo tomó por sorpresa y le hizo perder el equilibrio durante un instante.
Aprovechando la nueva situación, la señora Aglaia liberó la mano en la que sostenía la percha e intentó utilizarla de nuevo como arma. Pero el señor Anghel adivinó a tiempo sus intenciones y paró el golpe con eficacia; incluso pasó al contraataque y, agarrando la percha con ambas manos, la retorció con un movimiento fulminante para arrebatársela. Probablemente uno de los dedos de ella había quedado atrapado en el gancho de la percha —o quién sabe cuál sería la causa—, pues lanzó un alarido tan fuerte que el señor Anghel se asustó y se puso en pie de un salto.
[...]
Ya no sabía qué más decir. A decir verdad, se le partía el corazón de pena, porque el señor Anghel es un hombre muy sensible. Cuando la oye llorar, a él también le entran ganas de llorar, pero se contiene —con gran esfuerzo—. Eso ocurre cada vez que se pelean. Después, cuando hacen las paces, ella tiene la pretensión abusiva de que hagan el amor.
Finalmente, se levantó, resignada, y sacó de debajo de un colchón las medias y las bragas, que arrojó en medio de la habitación. Acompañado por su llanto, que ahora se había convertido en un sonido prolongado y agudo, como una cancioncilla tarareada con la boca cerrada, el señor Anghel se puso apresuradamente su traje de novio, viejo de casi diez años, pero que parecía nuevo, y unos minutos después salió rumbo al restaurante «Dumbrava». Mientras cerraba la puerta, todavía la oyó gritar a sus espaldas:
—¡Me tendrás sobre tu conciencia!…
Pero probablemente después se tranquilizó sola. La señora Aglaia es una mujer muy buena. Al pequeño le ha enseñado que, cuando los vecinos la oyen llorar y le preguntan por qué llora su madre, él les diga que no está llorando, sino que canta La Marsellesa."



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