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La maravillosa silla de la abuela (fragmento) "En el pasado, hace mucho tiempo, cuando había hadas en el mundo, vivía una niña pequeña tan hermosa y agradable que la llamaban Flordenieve. La niña era buena, además de bonita. Nunca nadie la había visto enojada ni le había oído decir una mala palabra. Tanto los niños como los ancianos se alegraban cuando la veían venir. Flordenieve no tenía otros parientes más que su abuela, muy anciana, a la que llamaban doña Cara de Escarcha. La gente no la quería tanto como a su nieta, porque ella sí se enojaba bastante, aunque siempre era buena con Flordenieve. Vivían juntas en una pequeña cabaña construida con turba y con techo de paja, al borde de un gran bosque. La parte trasera de la casa estaba resguardada de los vientos del norte por árboles altos. El sol del mediodía entibiaba y alegraba el frente. Las golondrinas construían sus nidos en los aleros. Junto a la puerta crecían espesos arbustos de margaritas. Pero no había nadie en ese país más pobre que Flordenieve y que su abuela. Todos los animales con que contaban eran un gato y dos gallinas. Su cama estaba hecha de pasto seco y el único mueble aceptable de la cabaña era una gran silla con ruedas. Tenía un almohadón de terciopelo negro y unos grabados raros de flores y cervatillos en su enorme respaldo de roble. Doña Cara de Escarcha se sentaba en esa silla y trabajaba desde la mañana hasta la noche para mantener a ambas, mientras Flordenieve recogía leña para el fuego, cuidaba a las gallinas y al gato, y cumplía con todo lo que su abuela le pedía. No había nadie en el condado que pudiera hilar como lo hacía doña Cara de Escarcha, pero era un proceso muy lento. Su rueca era tan vieja como ella y mucho más gastada; tanto, que era increíble que no estuviera ya hecha pedazos. De modo que los ingresos de la dama eran muy reducidos y las dos vivían ajustadamente. Aun así, Flordenieve no sentía la necesidad de grandes comidas o de ropas finas. Cada noche, cuando avivaba el fuego encendido con las ramitas que había juntado hasta que ardían y crujían en la chimenea de la cabaña, doña Cara de Escarcha ponía a un lado su rueca y le contaba una nueva historia. A menudo la pequeña se preguntaba de dónde había sacado su abuela tantas historias, pero pronto lo supo." epdlp.com |