Marta y María (fragmento), de El correo de ultramarJorge Eduardo Eielson

Marta y María (fragmento), de El correo de ultramar

"Marta decidió acelerar el fin de aquella existencia innecesaria. Ella también había aprendido a amar a la muerte, desde que Lázaro fue arrancado de su sepulcro contra su voluntad. Necesitaba morirse cuanto antes: estaba cansada de esperar, cuando los lamentos de María lo único que hacían era recordarle que ella era la más fuerte y que era inútil resistirse a la vida. Decidió trasladar a Lázaro muy cerca de su hermana, de modo que su aliento fétido y su cara carcomida estuvieran siempre a su alcance. Así lo hizo. Lázaro, sin embargo, se apartó de María y se arrastró hasta la ventana, con la cabeza doblada. Allí apoyó el rostro contra el alféizar y se quedó mirando la nieve con sus ojos acuchillados, su cuello verdoso, sus labios entreabiertos y llenos de pequeños gusanos amarillos. María trató de incorporarse hacia él, pero cayó en el lecho presa de un silencio mortal. Marta no pudo menos que reconocer el dolor incurable de María.
Lázaro había sido para ellas la felicidad. Aún le parecía verlo, risueño como un niño, cantando y labrando, él mismo, el campo de una inmensa propiedad que les pertenecía desde la muerte de sus padres. Lázaro construyó allí una casa sólida, rodeada de árboles y flores, sin lujo, pero llena de Sol y de música. Porque Lázaro tocaba el arpa y gustaba de cantar después de las comidas. Marta y María lo habían amado por todo esto, y él no había mostrado jamás preferencia por ninguna.
Marta recordaba claramente que cuando su hermano repartía la merienda o dividía los sembríos de trigo, lo hacía con una justicia admirable. Igualmente si alguna vez regalaba unas guedejas o un traje a María, al día siguiente llevaba un presente igual para ella. Muchas veces habían paseado juntos, montados en tres borriquitos dulces y mansurrones.
Al fin de la jornada, Lázaro estrechaba, entre sus brazos, un caprichoso ramo de flores. El aroma de la tierra, la claridad caliente y vaporosa de las noches, el ruido del viento en el interior de las hojas y de los frutos, la frescura de la yerba sobre la tierra, todo era para Lázaro objeto de adoración. Marta y María no pudieron dar crédito a sus ojos cuando una tarde, por entre el jardín oscuro, debajo de un durazno cargado de frutos, apareció un hombre de barba con el cadáver de Lázaro entre los brazos.
Las dos hermanas asistieron al entierro transformadas en dos estatuas de piedra. La imagen muerta de Lázaro era demasiado dolor, pesaba demasiado sobre sus ojos para que el llanto acudiera. Nada ni nadie podría ahogar ese cariño dulce y profundo que él les había ofrecido como un raudal inagotable. María se tornó fría y taciturna, pero Marta hizo lo posible por distraerla con su constante solicitud. Por el bien de María tuvieron que abandonar aquellos lugares cargados de nostalgia, de los que las flores y la música también habían huido para siempre. Todo lo habría borrado el tiempo si la marcha hacia la eternidad, iniciada por Lázaro, no hubiera sido impunemente detenida. "



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