Fuegos artificiales (fragmento) de El jactancioso y la bellaHéctor Tizón

Fuegos artificiales (fragmento) de El jactancioso y la bella

"-¡Ha sido él! -decía la mujer señalándole con el dedo que era como un cañón de escopeta a boca­jarro. La mujer estaba despeinada y sus pechos enormes se agitaban debajo del camisón, enormes, deformes, blandos, debajo del camisón que se adhería a sus carnes regordetas.
Cuando llevaron al imbécil que lloraba como un niño pequeño y temeroso, sin comprender, con sus ojos de viejo y su ancha boca, ni siquiera el más leve estremecimiento se pudo notar en las manos homicidas que recogieron el arma para guardarla nuevamente en su sitio.
El marido, que desde hacía ya tiempo se dedicaba a los cueros (a la venta de cueros de víboras y yacarés, que, una vez desollados y colgados durante los días necesarios en los interminables alambres del galpón ex profeso se enfardaban y eran transportados por él mismo en el viejo andariego ford hasta el pueblo y desde allí lanzados por ferrocarril para volver convertidos en los cheques que él almacenaba en la infructuosa cuenta bancaria. Eso constituía, por cierto, un negocio mucho más productivo que el antiguo negocio del carbón, o que el obraje: las ganancias eran relativamente repartidas, pero los riesgos sólo estaban en las piernas y manos de innominados paraguayos y chaguancos que trabajaban en los esteros reverberantes y cálidos y las orillas anegadizas del Bermejo), permanecía todo el tiempo fuera de la casa y por eso ni siquiera se imaginó que una bala le esperaría atravesando la noche para ir a incrustársele en la cara y destruírsela hasta quedar convertido en un guiñapo ensangrentado y cómico, junto al suelo, casi en el centro del patio mientras su mujer gorda y semidesnuda acusaba al tonto gritando y agi­tando los brazos hasta que llegaron los demás. "



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