Un hijo de nuestro tiempo (fragmento)Ödön von Horvath

Un hijo de nuestro tiempo (fragmento)

"Soy un soldado.
Y me gusta ser un soldado.
En la mañana, cuando la helada blanca cubre los prados, o por la tarde, cuando la niebla se desprende de los bosques, cuando el trigo ondula y la guadaña refulge, llueva, nieve o brille el sol, noche y día - siempre estoy feliz de estar en filas.
¡De pronto mi vida ha cobrado un sentido! Me desesperaba saber lo que sería de mi existencia. El mundo estaba tan vacío de perspectivas y el porvenir tan muerto. Ya lo había enterrado.
Pero hoy día, lo he encontrado y no lo dejaré escapar ya, ¡mi porvenir ha resucitado de la tumba!
Hace apenas seis meses, se alzó junto al del médico jefe, en el momento de la revisión. ¡Apto! dijo el médico jefe, y el porvenir me palmeó la espalda. Aún hoy lo siento.
Y tres meses más tarde, una estrella apareció en mi cuello, una estrella plateada. Pues conseguí una secuencia en el tiro al blanco, el mejor tirador de la compañía. Pasé de la primera clase, y eso no es nada.
Sobre todo a mi edad.
Pues soy casi el más joven de nosotros.
Pero eso no es mas que una apariencia.
Pues de hecho, soy mucho más viejo, interiormente sobre todo. Y eso por una sola razón: los largos años de desempleo.
Cuando dejé la escuela, estaba desempleado.
Quería ser tipógrafo, porque me gustaban las grandes máquinas que imprimen los periódicos, la prensa matutina, vespertina y nocturna.
Pero no había nada qué hacer.
¡Nada de nada!
Ni siquiera conseguí entrar como aprendiz a una imprenta de los suburbios. ¡Para qué hablar de las de centro!
Las grandes máquinas decían: "Ya tenemos más hombres de los que necesitamos. ¡Necio, sácate esas ideas de la cabeza!"
Y yo las alejaba de mi cabeza, y de mi corazón también, pues todo hombre tiene su orgullo. Incluso un pobre perro del desempleo.
¡Afuera, calles viles, prensas, bielas, correos! ¡Lárguense!
Y fui enviado a la beneficencia, pública al principio, privada después.
Así, esperaba inmerso en una larga fila a que me dieran un tazón de sopa. A la puerta de un convento.
Seis estatuas de piedra se alzaban sobre el techo de la iglesia. Seis santos. Cinco hombres y una mujer.
Tragaba mi sopa.
La nieve caía y los santos tenían grandes sombreros blancos.
Yo, no tenía sombrero y esperaba el deshielo.
Los días se alargaban y las borrascas se reanimaban…
Tragaba mi sopa.
Ayer he visto la primera traza de verde.
Los árboles florecen y las mujeres se vuelven transparentes.
Yo también, soy transparente.
Pues mi chaqueta está estropeada y mi pantalón va por ese camino…
Ya empiezan a ignorarme.
Me pasan muchas ideas por la cabeza, en desorden.
Cada cucharada de sopa se vuelve más repugnante.
A menudo me detengo.
Pongo la escudilla sobre el piso; aún está a la mitad y mi estómago gruñe, pero ya no deseo más.
¡Ya no quiero más!
Los seis santos del techo contemplan el cielo azul. ¡No, ya no quiero más de esta sopa! ¡Día tras día, el mismo calducho! ¡De sólo verlo, este caldo para mendigos me revuelve el estómago!
¡Tira tu sopa!
¡Fuera! ¡Al arroyo!…
Los santos del techo me miran con reprobación.
¡No pongan esos ojos, allá arriba, mejor ayúdenme aquí abajo!
Me hace falta una nueva chaqueta, un pantalón completo -¡otra sopa!
¡Un cambio, señoras y señores! ¡Un cambio!
¡Mejor robar que mendigar!
Y muchos otros en nuestras filas pensaban como yo, viejos, jóvenes -no eran los más malos.
Sí, hemos robado mucho, sobre todo de comer. Pero también tabaco y cigarros, cerveza y vino.
En general, íbamos a visitar los jardines obreros. Cuando el invierno se aproximaba y los felices propietarios estaban a gusto en sus cocinas.
Me salvé de ser apresado dos veces, una frente a una cabina de excusado.
Pero me pude escabullir sin ser reconocido.
Por el hielo, en el último momento.
Si el policía me hubiese atrapado, tendría un expediente judicial ahora. Pero el hielo fue bueno conmigo, se rompió a todo lo largo.
Y mis papeles guardaron la blancura de la azucena.
Ninguna sombra del pasado se proyecta sobre ellos.
Soy un hombre honesto, sin embargo, y no es sino mi situación desesperada lo que me ha hecho vacilar, como una caña al viento –durante seis negros años. El camino se inclinaba cada vez más y mi corazón estaba cada vez más triste. Sí, me había vuelto un amargado.
¡Pero hoy he reencontrado la felicidad!
Pues hoy sé cual es mi sitio.
Hoy, ya no tengo miedo de no encontrar qué tragar mañana. Y cuando mis botas están agujereadas, me las cambian; y cuando mi uniforme está estropeado, recibo uno nuevo, y cuando el invierno venga, tendremos mantas. Grandes mantas acolchadas. Ya las he visto.
¡Ya no necesito la colaboración del hielo!
En el presente hay solidez.
Al fin todo está en orden.
¡Adiós, preocupaciones cotidianas!
En el presente, hay siempre alguien a tu lado.
A la derecha y a la izquierda, noche y día.
«¡Pelotón!» clama el alto mando.
Nos agrupamos, en filas.
En medio del patio del cuartel.
Y el cuartel es grande como una ciudad entera, no se lo puede abarcar de una mirada. Pertenecemos a la infantería, equipados con metralletas y ametralladoras pesadas, y algo de equipo motorizado. Yo aún no estoy motorizado.
El capitán nos pasa revista. Lo seguimos con la mirada, y cuando ha avanzado tres pasos, vemos de nuevo hacia delante. Rígidos e inmóviles. Como lo hemos aprendido.
¡Debe reinar el orden!
Amamos la disciplina.
Es para nosotros un paraíso, luego de toda la inseguridad de nuestra adolescencia sin trabajo…
También amamos a nuestro capitán.
Es un hombre distinguido, justo y severo, un padre ideal.
Pasa revista lentamente, todos los días, y verifica que todo esté en orden. No sólo que los botones estén bien cosidos –no, él ve a través del equipo hasta nuestras almas. Lo sentimos.
Raramente sonríe, y nadie lo ha visto reír. A veces, nos da casi pena. Pero no lo podemos animar. Claro que nos gustaría ser como él. A todos.
Nuestro teniente es de otra ralea. También es justo, pero padece a menudo cóleras terribles y regaña a uno por poca cosa, o por nada. Pero nosotros no lo queremos: si está nervioso se agota por completo. Quiere su certificado del estado mayor, por eso estudia noche y día. En sus manos siempre empolla un libro.
Al lado de él nuestro subteniente no es más que un cachorro. Es poco mayor que nosotros, alrededor de los veintidós años. A menudo, también quisiera regañar, pero no se atreve. Sin embargo, lo queremos, pues es un deportista fabuloso, nuestro mejor sprinter. Corre con una clase magnífica.
Después de todo, la armada tiene muchos puntos en común con el deporte.
Casi se puede decir: es el más bello de los deportes, pues no se trata solamente de récords, se trata de algo mejor. De la patria.
Hubo un tiempo en el que no amaba a mi patria. Estaba gobernada por apátridas y dominada por oscuros poderes supranacionales. No es gracias a ellos que sigo vivo.
No es gracias a ellos que puedo desfilar hoy en día.
En las filas.
No es gracias a ellos que he recobrado una patria.
Un imperio fuerte y poderoso, ¡un ejemplo brillante para el mundo entero!
Y que a su vez dominará el mundo, ¡el mundo entero!
¡Amo a mi patria luego de que he recobrado su honor! Pues hoy en día, también yo lo he recobrado, ¡mi honor!
Ya no estoy obligado a mendigar, ya no tengo necesidad de robar.
Hoy en día, todo ha cambiado.
¡Y esto no ha parado de cambiar!
Ganaremos la próxima guerra. ¡Garantizado! "



El Poder de la Palabra
epdlp.com