Idilio salvajeManuel José Othón

Idilio salvaje

"A fuerza de pensar en tus historias
y sentir con tu propio sentimiento,
han venido a agolparse al pensamiento
rancios recuerdos de pérdidas glorias.

Y evocando tristísimas memorias,
porque siempre lo ido es triste. Siento
amalgamar el oro de tu cuento
de mi viejo román con las escorias.

¿He interpretado tu pasión?, lo ignoro;
que me apropio al narrar, algunas veces,
el goce extraño y el ajeno lloro.

Sólo sé que, si tú los encareces
con tu ardiente pincel, serán de oro
mis versos y de esplendor sus lobregueces.
       
               I

¿Por qué a mi helada soledad viniste
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?...mira el paisaje
árido y triste, inmensamente triste.

Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.

Mas si acaso no vienes de lejos
y en tu alma aún de placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.

Si no ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor, o de un inmenso llanto.
                 
               II

Mira el paisaje: inmensidad abajo,
inmensidad, inmensidad arriba;
en el hondo perfil, la sierra altiva
al pie minada por horrendo tajo.

Bloques gigantes que arrancó de cuajo
el terremoto de la roca viva:
y en aquella sabana pensativa
y adusta, ni una senda, ni un atajo.

Asoladora atmósfera candente,
do se incrustan las águilas serenas
como clavos que se hunden lentamente.

Silencio, lobreguez, pavor tremendos
que viene sólo a interrumpir apenas
el galope triunfal de los berrendos.
       
       III

En la estepa maldita, bajo el peso
de sibilante brisa que asesina,
irgues tu talla escultural y fina,
como un relieve en el confín impreso.

El viento entre los médanos opreso,
canta como una música divina,
y finge bajo la húmeda neblina,
un infinito y solitario beso.

Vibran en el crepúsculo tus ojos
un dardo negro de pasión y enojos
que en mi carne y espíritu se clava;

y, destacada, contra el sol muriente,
como un arión, flotando inmensamente,
tu bruna cabellera de india brava.   

   IV

La llanada amarguísima y salobre
en junta cuenta de océano muerto
y, en la gris lontananza, como puerto,
el peñascal, desamparado y pobre.

Unta la tarde en mi semblante yerto
aterradora lobreguez, y sobre
tu piel, tostada por el sol, el cobre
y el sepia de las rocas del desierto.

Y en el regazo donde sombra eterna,
del peñascal bajo la enorme arruga,
es para nuestro amor nido y caverna.

Las lianas de tu cuerpo retorcidas
en el torso viril que te subyuga,
con una gran palpitación de vidas.

  V

¡Qué enferma y dolorida lontananza!
¡qué inexorable y hosca la llanura!
Flota en todo el paisaje tal pavura,
como si fuera un campo de matanza.

Y la sombra que avanza... avanza... avanza
parece, con su trágica envoltura,
el alma ingente, plena de amargura
de los que han de morir sin esperanza.

Y allí estamos nosotros oprimidos
por la angustia de todas las pasiones,
bajo el peso de todos los olvidos.

En un cielo de plomo el sol ya muerto
y en nuestros desgarrados corazones
el desierto, el desierto... y el desierto. 

 VI

¡Es mi adiós!...Allá vas bruma y austera,
por las planicies que el bochorno escalda,
al verberar tu ardiente cabellera,
como una maldición sobre tu espalda.

En mis desolaciones, ¿qué me espera?...
(ya apenas veo tu arrastrante falda)
una deshojazón de primavera
y una eterna nostalgia de esmeralda.

El terremoto humano ha destruido
mi corazón y todo en él expira.
¡Mal hayan el recuerdo y el olvido!

Aún te columbro y ya olvidé tu frente;
sólo, ¡ay! tu espalda miro, cual se mira
lo que huye y se aleja eternamente.

Envío

En tus aras quemé mi último incienso
y deshojé mis postrimeras rosas.
Do se alzaban los templos de mis diosas
ya sólo queda el arenal inmenso.

Quise entrar en tu alma y, ¡qué descenso,
qué andar por entre ruinas y entre fosas!
¡A fuerza de pensar en tales cosas,
me duele el pensamiento cuando pienso!

¡Pasó...! ¿Qué resta ya de tanto y tanto
deliquio? En ti ni la moral dolencia
ni el dejo impuro, ni el sabor de llanto.

Y en mi, ¡qué hondo y tremendo cataclismo!
¡Qué sombra y que pavor de conciencia,
y qué horrible disgusto de mí mismo! "



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