Un señor alto, rubio, de bigotes (fragmento)Humberto Costantini

Un señor alto, rubio, de bigotes (fragmento)

"Y frío, frío y humedad, a pesar del sudor y del zumbido de los ventiladores, frío porque el sol y el aire y el olor a tierra son cosas increíblemente lejanas, no existen. Y en cambio sólo existen los archivos y las paredes y la campanilla del teléfono y las ocho horas allí, sumergidas en ese oscuro pantano, viscoso, tenso, donde la sangre huye de las venas y donde el vivir y el estar de pie y el no hacer nada frente al escritorio significa vencer una presión constante, tenaz, abrumadora…
Y es el señor Linares, eficiente, dinámico, sin segundas vidas, íntegramente allí, ocupando el escritorio central, firmando, dictando cartas, hablando por teléfono, con su voz suave, agradable, bien modulada. -Con todo gusto, señor, encantado, quedo a sus órdenes. ¿Quiere tomar nota, señorita Mary?- diciendo a cada momento: soy el señor Linares, soy el gerente, estoy aquí, aquí, aquí, ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿para qué?, inquiriendo, preguntando, reprobando, ordenando, sin abandonar su escritorio, sin dirigirse a los empleados, sin mirarlos siquiera, llenando con su presencia toda la oficina, haciendo confluir hacia él todos esos minúsculos ríos de cuerpos inclinados sobre los papeles, frentes arrugadas, manos nerviosas, ágiles, eficaces, soy el señor Linares, soy el gerente, me interesa todo, estoy aquí, aquí, aquí.
Y son los catorce empleados (nueve mujeres y cinco hombres, pero eso en la calle, no aquí) metidos en el pantano, con sus oídos y sus nervios y sus estómagos dirigidos hacia el escritorio central del señor Linares, demostrando un enorme interés por los papeles y las planillas y por los inconvenientes del envío –es una lástima, hubiéramos reconquistado un buen cliente, señor Linares-, mintiendo, agotándose en el esfuerzo de mentir, componiendo a duras penas el gesto, sin darse cuenta de ello siquiera, ignorando el motivo de ese cansancio que los agobia cuando a las siete suena el timbre de salida y en la calle buscan desesperadamente el trocito cotidiano de vida adonde asirse, adonde recalentar la sangre que sigue por inercia el mismo ritmo lento, agazapado, enfermizo, de todo el día, sintiendo luego por la noche esa ligera fiebre que los impulsa a hablar, o a pensar, o a reír, o a comer, o a beber, o a copular, intensamente, apresuradamente, febrilmente, como si tuvieran conciencia de lo fugaz que es ese pedacito de tiempo suyo, suyo de veras. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com