Adverbios (fragmento)Daniel Handler

Adverbios (fragmento)

"Incluso ese pájaro de ahí , que hace caso omiso de la anciana china y antes prefiere un algo con que alimentarse o con que construir su nido, sería capaz de decíroslo con sus gorjeos. El amor es cuestión de preferencias, y Joe había dado con la suya como estaba llamado a hacer. Había encontrado la historia de amor que prefería, si bien no haría público ese juicio oficialmente hasta pasados tres años, cuando él y esta misma taxista que aquí tenemos, desnudos en la cama, comentaran entre risas lo aturdido que estaba el día en que se obró el milagro, la tarde flagrante en que se conocieron.
-Mis amigos desde luego no se cuentan entre los felices -afirmó ella, pensando en lo que hablaban dentro, en lugar de en lo que andaba fuera, lo cual era su derecho como ciudadana-. Mi amigo Joe creo que sí fue feliz un tiempo, pero sufrió un desengaño amoroso.
-También yo lo he sufrido -afirmó Joe-. En su momento quedamos en que no había sido culpa de nadie, pero la culpa fue mía. De eso soy culpable con toda seguridad. Pero al menos ella volvió a encontrar la felicidad. Me hace feliz saber que ha vuelto a ser feliz, aunque me entristece admitirlo, no sé si me entiende.
-Lo entiendo, pero ¿qué se le va a hacer? A mi antiguo novio lo demandó su propia madre.
-Declaro culpable a esa madre -sentenció Joe-. Es una criminal de la peor calaña, y también su ex novio, a menos que usted piense de otro modo y disponga de pruebas con que refutármelo. Pero ¿en qué estamos pensando? Un volcán podría arrasar esta ciudad mañana mismo, o unos sujetos armados. Incluso podrían suceder ambas cosas. Está claro que habrá otra catástrofe.
-Sí, eso está claro -convino ella-, pero ¿ambas cosas? No me parece probable.
-¿Probable? ¿Qué probabilidades tenía yo de acabar en este taxi?
La señorita volvió a dedicarle la misma sonrisa, pero Joe no se cansaba de ella. Nadie se había cansado nunca de sonrisas así, de esas sonrisas de reconocimiento que a la vez fingen no reconocer al otro, para seguir el juego, para mantener vivo el interés de la historia a medida que transcurren los acontecimientos. Como una canción en la radio, no sé si me entendéis. pero ¿acaso hay alguien que no lo entienda? La canción perfecta para la ocasión, golpeando en nuestros oídos entre la barahúnda de canciones que suenan por ahí. Podría llegar el fin del mundo y nosotros seguir esperándola, una simple canción en la radio, pero luego un día, de pronto, damos a una tecla y ahí la tenemos sonando, y todo el tráfico del mundo deja de tener importancia. No existe nada que pueda sofocar esa canción. pero ¡mirad! Por la ventanilla los dos lo vieron: por fin por fin por fin, un camión estacionaba frente a un restaurante y descargaba una montaña de patatas, lustrosas bajo el plástico que las envolvía, de modo que algún chef portentoso pudiera preparar el desayuno para todos.
-Desde donde estoy sentada, yo diría que una probabilidad del cien por cien -contestó ella.
-Es usted la mejor persona que he conocido hoy, y ahora voy al Black Elephant y voy a ser feliz un día sí y otro también, desde las ocho y media en punto de la mañana. Es mi trabajo.
La calle dejó de zumbar alrededor y la señorita taxista se volvió hacia él y señaló el número marcado en el taxímetro con luces rojas y eléctricas. La electricidad se inventó en Estados Unidos, si creéis en esas cosas, aunque nadie os obliga a ello. Nadie tiene por qué creerlas. La señorita señaló el número de Joe y tendió su hermosa, hermosísima palma abierta. Nunca he visto nada hermoso, nunca, jamás, Joe y el taxi en medio de aquella bendición caída del cielo.
-Ha llegado a su destino -dijo ella. "



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