El abogado del diablo (fragmento)Morris West

El abogado del diablo (fragmento)

"La teología que nos predicaban era el antiguo código fundamentalista que siguió a la Reforma... En la Congregación, realicé mis primeras experiencias destinadas a lavar el cerebro humano y a doblegar el espíritu. Las practicaba mi maestro de novicios..., un anti-intelectual, afectado de ceguera espiritual, que infligió daños graves, a veces irreparables, a muchos de los jóvenes que estaban a su cargo... Y, sin embargo, aprendí mucho de él. Aprendí a guardar silencio y esperar. Aprendí la inutilidad de discutir con los sordos. Aprendí a no confundir jamás la verdad con el hombre que la predicaba o la deformaba, a sospechar siempre del evangelista... Rogué no ser nunca como él. Sabía que nunca podría creer en el Dios que él predicaba. Para alcanzar la serenidad en la cual, gracias a Dios, resido ahora, tuve que aprender a perdonarlo. Lo que no puedo perdonar y lo que jamás puedo admitir es la crueldad impersonal que las instituciones —mi propia Iglesia entre ellas— ejercen sobre sus miembros y que justifican con mil argumentos... He luchado contra esta crueldad la vida entera.
[...]
Dejó la pluma y se quedó largo tiempo mirando el grueso papel con escudo de armas y la caligrafía que lo atravesaba en líneas urgentes y disciplinadas.
El caso del padre Anselmo era un símbolo de todos los males de la Iglesia del Mediterráneo. No era un caso aislado. Era lo bastante común para constituir una repetición en la paupérrima área del sur, y tampoco era muy raro en el norte. En su contexto local, era un escándalo pequeño: la Iglesia está fundada en la idea del pecado, y su máxima más antigua es que el hábito no hace al monje, ni la tonsura al religioso. Pero en el contexto de una Iglesia nacional, de un país en que el catolicismo es la influencia dominante, señala graves defectos y la necesidad singular de una reforma.
Un hombre como Anselmo Benincasa era producto de un seminario con malos maestros y con un sistema caduco de educación. Había llegado a ordenarse formado a medias, disciplinado a medias, con su vocación totalmente imberbe. Emergió de la ordenación como un sacerdote más en un país donde abundan los sacerdotes pero escasea el espíritu sacerdotal, e inmediatamente se convirtió en una carga para un pueblo pobre. El salario que le asignaba la diócesis era nominal. Con la desvalorización rápida de la moneda, no alcanzaba ni para comprar pan. Y la jerarquía continuaba aferrada a la cómoda ficción de que los que predican el Evangelio deben vivir del Evangelio, sin cuidarse de definir muy claramente cómo lo han de hacer. Él no tenía pensión de retiro ni existía una institución que le recibiera cuando llegara a la vejez, de modo que le perseguían el miedo constante a ella y la permanente tentación de la avaricia.
Cuando llegó a un pueblo como Gemello Minore, fue otra boca que alimentar. Si la abría demasiado, era probable que pasara hambre. Se vio, pues, forzado a acomodarse, a someterse a la tutela del terrateniente local, o a entrar en transacciones deplorables con su mísero rebaño. "



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