El alma se apaga (fragmento)Lajos Zilahy

El alma se apaga (fragmento)

"Diez años, diez años… Latían en mi interior, continuamente, estas dos palabras, como el latido del corazón. No sé por qué razón pero me había imaginado que volvería a los diez años. Y, en aquellos instantes de despedida, intentaba mirar a todos desde la perspectiva de aquellos diez años, sobre todo a los viejos. Sí, estos, dentro de diez años, ya no vivirían… El tío Karády, el doctor Vendliczky, la vieja señora de Ezentesi, el señor Saroglya, pintor de brocha gorda, ni la tía Blanca, que ya ni siquiera camina y se limita a tenderme la mano desde su ventana de la planta baja, por entre los tiestos de geranios… Yo, ahora, estrecho las manos de unos difuntos.
El tío Lebschütz me espera en la puerta de la farmacia con un paquetito preparado de antemano.
-Ten, hijo; es un botiquín de viaje: aspirina, tintura de yodo, gotas tonificantes para el estómago y otras cosillas… En cada una aparece escrito para lo que sirve. Sales para un largo viaje; te podrá servir algún día.
También el tío Lebschütz habrá muerto. También él. ¿Voy a echar sobre él aún una mirada retrospectiva? << ¿Qué sí, que sí.>> Nos hacemos señas con la mano.
Por fin, la estación. Mi madre llora ruidosamente. También Rózsa. Se apoyan una a cada lado de mis hombros. Gyula ha palidecido visiblemente. Nos queda muy poco tiempo pues el rápido ya no se detiene en nuestro pueblo más que un solo minuto.
Desde la ventanilla miro a mi madre. Sólo la miro a ella, con una mirada fija, violenta. Rózsa y Gyula no me interesan. No les toca ni el más mínimo pestañeo de mis ojos. Ellos son jóvenes.
Mi madre ladea un poco la cabeza; las comisuras de sus labios se contraen; su rostro está trabajado por el llanto. Tal como está allí, sin que se interponga el brillo de sus gafas, veo directa y profundamente en el fondo de sus ojos.
El tren arranca, se pone en marcha. Me inclino por la ventanilla y grito algo con todas mis fuerzas a mi madre. Mi voz suena como si pidiera auxilio.
Agito mi pañuelo por la ventanilla; mas no me quedan fuerzas para moverlo. No veo nada, mirada está velada. Me quito las lentes y me froto los párpados; aún les vislumbro por última vez. Rózsa y Gyula conducen a mi madre, sosteniéndola cada uno por un brazo, avanzan con paso lento. Ella, como si estuviera a punto de desplomarse. La había visto de la misma manera en el entierro de mi padre, cuando la obligaron a retirarse de la tumba.
Medio minuto más tarde, el tren traquetea ya por el puente de hierro del río. Y desaparecen la torre del pueblo y la chimenea de la fábrica de harinas. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com