El mundo de las manzanas (fragmento)John Cheever

El mundo de las manzanas (fragmento)

"El tufo y los pepperoni y los ásperos colores de los líquenes que se adhieren a las paredes y los techos no son parte de la conciencia de un norteamericano, aunque haya vivido años enteros, como era el caso de Bascomb, rodeado por dicha aspereza. La subida de la escalinata le quitó el aliento. Se detuvo varias veces para recuperarlo. Todos le hablaban: ¡Salve, maestro, salve! Cuando veía la nave de ladrillo de la iglesia del siglo XII siempre murmuraba para sí la fecha, como si estuviese explicando a un amigo las bellezas del lugar. Las bellezas del lugar eran varias y sombrías. Él siempre sería allí un extranjero, pero su condición de tal le parecía una metáfora que comprometía al tiempo como si, mientras trepaba la escalinata extraña y dejaba atrás los muros extraños, estuviese ascendiendo a través de horas, meses, años y décadas.
(…)
De los cuatro poetas con los cuales solía agruparse a Bascomb uno se había disparado un tiro, otro se había ahogado, un tercero se había ahorcado y el cuarto había muerto de delírium tremens. Bascomb los había conocido a todos, había sentido afecto por la mayoría, y había cuidado a dos de ellos cuando estaban enfermos, pero la sugerencia general de que al consagrarse a la poesía también había elegido su propia destrucción era algo contra lo cual se rebelaba enérgicamente. Conocía las tentaciones del suicidio, del mismo modo que conocía las tentaciones de todas las restantes formas del pecado, y excluía cuidadosamente de la villa todas las armas de fuego, las cuerdas apropiadas, los venenos y las píldoras somníferas. Había percibido en Z el más íntimo de los cuatro, un vínculo inalienable entre su prodigiosa imaginación y sus prodigiosas dotes de autodestrucción, pero con su estilo obstinado y campesino Bascomb estaba decidido a destruir o ignorar ese nexo a derrocar a Marsyas y a Orfeo. La poesía confería una gloria perdurable, y Bascomb había decidido que el último acto de la vida de un poeta no debía representarse como había sido el caso de Z en un cuarto sucio con veintitrés botellas de gin. Como no podía negar el vínculo entre el brillo y la tragedia, parecía dispuesto a amortiguar su filo. "



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