El reconciliador (fragmento)Manuel Silvela y García de Aragón

El reconciliador (fragmento)

"No. Ya es tiempo de instruirte de mis proyectos. Sabes que a nuestra salida para desempeñar la honrosa comisión que me confió el gobierno en nuestras posesiones de Asia, dejamos a mi hermano viudo ya desde el año de noventa, con tres hijos: el actual conde, Fermín, y Prudencio; que el primero, y luego de la muerte de su madre, fué reclamado con tales instancias por la vieja baronesa su abuela, que mi hermano no pudo re- sistir a los deseos de esta señora, respetable en verdad y vir- tuosa, pero llena de preocupaciones y sandeces; que Fermín y Prudencio estaban educándose en diferentes colegios, aquel para seguir la carrera de las armas, y este la de la magistratu- ra.
Pues bien: estos señoritos, que eran entonces poco mas que unos niños, mientras tú y yo nos envejecíamos rodando por las costas de Malabar y de Coromandel, buscando en el comercio una reparación al agravio con que me despojaron de mi cargo injustos cortesanos cuya rapacidad no quise constatar, ellos se hacían hombres, y aun hombres que han hecho su papel en las diferentes reacciones que han agitado nuestra patria en estos últimos tiempos. Mas es el caso que, víctimas, como casi todo el genero humano, de la tiranía de las primeras impresiones, hijas de la educación de las circunstancias, cada uno de ellos, en estas crisis diversas, ha profesado una opinión diferente y análoga al temple, índole o dirección que han venido a darle aquellos grandes móviles del corazón humano.
El Conde, dirigido por su abuela, no ha podido menos de reunir a todas las prevenciones del nacimiento, una gran parte de aquellas supersticiones ridiculas, estudiadas como para hacer dudosa la pureza y santidad de la religión; y en todas las épocas ha sido uno de los acérrimos defensores del poder arbitrario, y del intolerante fanatismo.
Fermín, intrépido por naturaleza, independiente por carácter, preparado por la educación a arrastrar los peligros mas bien que a calcularlos ni temerlos, a abandonarse a un sentimiento generoso mas que á pesar sus obstáculos, hallándose con su regimiento en Andalucía, y habiendo recogido en Bailen los primeros laureles, no podia menos de ser un defensor de la Constitución, ni de declararse por la resistencia contra la invasión estranjera; mientras que Prudencio, al frente de una magistratura en norte de España, formado por los hábitos de su profesión, acostumbrado a someter sus sentimientos al imperio lógico de la razón, testigo de los primeros desórdenes, calculando la insuficiencia de nuestros medios, mirando la anarquía y la guerra como los dos azotes mas terribles de la especie humana, considerando como un deber sagrado arrastrar los peligros de su situación, é identificarse con los habitantes del pueblo que gobernaba, esperó inmóbil al enemigo; y cuando las probabilidades de su triunfo rayaban ya en los términos de la certidumbre, no tuvo inconve- niente en aspirar a los ascensos de su carrera, y a extender los limites de su influencia.
El resultado de esta diversidad de opiniones ha sido que esa casa, templo un dia de la dulce paz y del amor fraternal, es hoy el asilo de la discordia y la imagen del infierno. "



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