Las aventuras de Telémaco (fragmento)François Fénelon

Las aventuras de Telémaco (fragmento)

"Demasiado duro era este tránsito para aquel joven que entraba en el seminario entusiasmado de la poesía profana; mucho más por ser entonces un establecimiento en que se practicaba toda especie de mortificaciones. Era silencioso el estudio, y comprendía a la vez todas las partes de la Religión. Fácil es conocer los efectos de tal cambio en aquel joven amable, y cuán amarga debió parecer a sus labios que aún paladeaban la deliciosa miel del monte Himeto, aquella copa de mortificación evangélica. Por fortuna supo sostenerse en tal prueba, ya por convencimiento, ya por su natural inclinación a todo lo bueno, y con la maravillosa condescendencia y conformidad que nunca le abandonó, descubrió muy en breve la poesía del antiguo y del nuevo Testamento, y hubiera arreglado una Epopeya Homérica con la divina historia de los patriarcas, y hallado en los padres de la iglesia griega y latina aquella misma inspiración que tantas veces le había encantado al pie de las dos tribunas de Atenas y de Roma. Así, pues, no debe causar tanta compasión en su retiro de San Sulpicio; antes bien entregado a sí mismo hubiera llegado a ser un gran poeta; al paso que dedicado a tales estudios lo fue en efecto al principio, y después preceptor de reyes, el mayor prelado de la Iglesia, el salvador de su diócesis, y para siempre un bienaventurado. (...) Una gran maravilla se advirtió el mismo día en que Sofrónimo derramaba las libaciones de vino y leche. Durante ellas nació en medio del sepulcro un hermoso mirto de verdura y exquisito olor, se alzó de repente su copuda cabeza para cubrir las dos urnas y protegerlas con su sombra. Exclamaron todos al ver este prodigio que los dioses para recompensar la virtud de Aristonoo le habían convertido en tan precioso arbusto. Tomó a su cargo Sofrónimo el cuidado de regarle y honrarle cual una divinidad; y lejos de envejecer se renueva de diez en diez años; sin duda porque los dioses han querido mostrar con tal maravilla, que la virtud que tan agradables perfumes esparce en la memoria de los hombres, no perece jamás. "


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