Lenguaje y territorio (fragmento)Emilio García Gómez

Lenguaje y territorio (fragmento)

"La plataforma natural de los hablantes de cualquier edad tiene sus fronteras: mi mesa, mi silla, mi perro, mi coche. Por otra parte, las demarcaciones sociológicas se realizan por medio de títulos, vestimentas, tonos de voz y preferencia por un código lingüístico allá donde es posible. En la Edad Media, el feudalismo tenía como límites la propiedad privada, y la marca servía de tierra de nadie, como espacio señalador de los confines cuya invasión ponía al vecino sobre aviso ante una grave amenaza para su integridad territorial. Resulta bastante ameno observar los merodeos verbales con que a veces se inician las conversaciones entre individuos que se encuentran por primera vez, procediéndose a una negociación en terreno neutral para determinar quién se encarga de ordenar el intercambio y cómo se han de distribuír los papeles. En los países anglosajones se toman cautelas para aproximarse al interlocutor en lo que consideran un perímetro razonable de interacción verbal; algunos psicólogos atribuyen este hecho a fobias de tipo sexual; en cambio, en la cultura mediterránea o islámica los espacios entre los interlocutores se llegan a reducir hasta extremos insoportables. Ambas situaciones se pueden interpretar como distintos grados de tolerancia hacia la ocupación de un terreno densamente poblado.
El territorio es de por sí impenetrable; sólo se permite el acceso a las personas autorizadas, que deben respetar los reglamentos establecidos y, por consiguiente, someterse a la soberanía de su amo, que alcanza usque ad inferos, usque ad sidera. Conceder la palabra es una clara manifestación de territorialidad, aunque no siempre identifica como propietario a quien la otorga, sino también a quien la recibe; en ocasiones se produce una pugna por conservarla, tirando de ella como hacen los festeros en el sokatira de los pueblos vascos. Los silencios denuncian igualmente dónde está el propietario y dónde está el intruso o el inquilino; las miradas se suelen focalizar en el ostentador de la fuerza, pendientes de sus movimientos y de sus concesiones. "



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