La diligencia de Becauire (fragmento)Alphonse Daudet

La diligencia de Becauire (fragmento)

"Era el día de mi llegada aquí. Había tomado la diligencia de Beaucaire, una gran carraca vieja que no tiene que recorrer mucho camino para volverse a casa, pero que se pasea despacio a todo lo largo de la carretera para darse pisto, por la noche, de que viene de muy lejos. Ibamos cinco en la baca, sin contar el conductor. En primer término un guarda de Camargue, hombrecillo rechoncho y velludo, trascendiendo a montaraz, con ojos saltones inyectados de sangre y con aretes de plata en las orejas, después dos boquereuses, un panadero y su yerno, ambos muy rojos, con mucho jadeo, pero de magníficos perfiles, dos medallas romanas con la efigie de Vitelio. Por último, en la delantera y junto al conductor, un hombre... no, un gorro, un enorme gorro de piel de conejo, quien no decía cosa mayor y miraba el camino con aspecto de tristeza.
(...)
Cuando salió la gente, pareció quedarse vacía la baca. El camargués se había quedado en Arlés, el conductor iba a pie por la carretera, junto a los caballos. El amolador y yo, cada cual en su respectivo rincón, nos quedamos solos allá arriba, sin chistar. Hacía calor, abrasaba el cuero de la baca. Por momentos sentí cerrárseme los ojos y que la cabeza se me ponía pesada, pero, imposible dormir. Continuaba sin cesar zumbándome en los oídos aquel «cállate, te lo suplico», tan tétrico y tan dulce. Tampoco dormía el pobre hombre. Desde atrás veía estremecerse sus cuadrados hombros, y su mano (tina mano paliducha y vasta) temblar sobre el respaldo de la banqueta, como la mano de un viejo. Lloraba. "



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