Crónicas italianas (fragmento)Terenci Moix

Crónicas italianas (fragmento)

"Al pie de la colina donde la arqueología nos sitúa el nacimiento de Roma, como bañados por la leche de la loba capitolina, escapando a la primera Roma quadrata y esparciendo entre otras tres colinas los clamores de sus primeras conquistas, los foros imperiales propondrán al peregrino las alianzas más inverosímiles entre el mármol, el ladrillo y la hierba.
Bajo los arcos del Tabularium, como en un balcón inmejorable que sustituyese el privilegiado lugar de un perdido belvedere público, sito en plena colina capitolina, enfrento a menudo la Via Sacra, con sus arcos de triunfo roídos por la lluvia, las ocho columnas hoy aisladas que compusieron el templo de Saturno, los restos de escalinata de las basílicas Julia y Emilia, los paredones casi acartonados que fueron palacio de Domiciano, y todo ello no se me da nunca dos veces bajo una misma identidad de colores: la escena nunca será igual por muchas veces que la contempléis. Ostentosos, las trompas y los timbales del imperio parecen resonar aún con un eco de estrépito casi operístico -y no diré que de la ópera mejor- y la ruina se revela magna, como la agonía de su civilización.
Aquí, la orgía artificial de los colores -artificial porque, de hecho, todo es misteriosamente uniforme, como organizado con suma seriedad- evoca la lejana lectura de los clásicos, reclama más descripciones, añora a un cicerone que hubiese sido Plinio el joven o el mismo Suetonio.
Tienen algo de muy literario esos colores del Foro, y es evidente que los vedutisti lo vieron muy claro, por mucho que hoy pueda menospreciarse los capricci que, aquí mismo, inspiraron a Ricci.
Sobre los foros de entonces, de antes, de ahora mismo, el prodigioso cielo del Lazio alcanza a ser variopinto, múltiple, caprichoso, sin acordarse nunca de cómo fue el día anterior; puede ser de un azul purísimo, y la hierba que dominaba los despojos de la romanidad se convierte en un anuncio de la campiña, como en otra Via Appia, así de inolvidable entre el ocre agreste que los cristianos fueron depositando aquí y allá, anticipándose a los bárbaros en su labor de destrucción; puede ser oscuro el cielo, tenebroso en voces de tormenta, y las tres esbeltas columnas del templo de los Dioscuros, destacando siempre en primer término sobre su pequeño promontorio natural, adquieren el dorado contradictorio del baño de un sol que, sin embargo, ha sido derrotado; y este mismo sol, en invierno, creará en los Jardines Farnesio las luchas de tonos más espectaculares entre las mil enredaderas de jardinería, las otras mil plantas innombradas, los abetos, naranjos y magnolios dispuestos en organización renacentista y que brotan entre, sobre, dentro mismo del palacio de Tiberio, cuyos restos parecen a punto de crujir.
Después, al llegar el otoño, la silenciosa casa de las vestales se verá cubierta por una alfombra de broza reseca que acaba por derrotar bajo su peso a los últimos brezos indómitos, quienes se resistían a morir como las estatuas, decapitadas, de aquellas señoras. Marcial y místico a la vez, el improvisado bosque culmina con la ascensión al Palatino, sobre el cual se remonta.
Aquí, las ruinas colosales de palacios y termas aparecen ya en plena apoteosis de todos los verdes posibles, en un conglomerado que ya no es bosque, sino jungla. Para reproducirlo mínimamente la paleta necesita infinidad de tonos de un mismo color; tonos que nunca han sido fabricados.
El verde triunfa, cierto, pero al mismo tiempo revela su impotencia de multiplicarse para atender a las necesidades del arte. Y, entonces, el arte se desespera porque Roma puede más que él. "



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