Con la muerte al hombro (fragmento)José Luis Castillo-Puche

Con la muerte al hombro (fragmento)

"Salimos de casa a eso de las cuatro. Era, creo, el mes de noviembre y el sol calentaba poco, más bien nada. Lloré y pataleé porque no quise ponerme medias, y aquella tarde me salí de una vez para siempre con la mía. En la calle de San Antonio, en la esquina de Pepe Penas, nos encontramos con Fulgencio, que iba acompañado, como siempre, de una chiquituja pecosa, de pelo rubio y ensortijado. Fulgencio era ciego, y aunque se conocía el pueblo mejor que el pregonero, caminaba siempre con la mano apoyada en el débil cuellecillo de la niña. La mano de Fulgencio no sólo era hermosa, como decían mi hermana y sus amigas, sino que además era un portento de arte. Tocaba el violín, el armonium, escribía con un punzón y hasta estaba fabricando por aquellos días una especie de mortero que soltaba unos truenos morrocotudos. Hécula entera admiraba a Fulgencio y muchos empezaban a creer que era un verdadero genio. Lo que le quitaba fama y aclamación en los últimos tiempos era que fuese tan religioso, porque así, los "ateos", que eran miles, rebajaban sus méritos. Para los de derechas, en cambio, Fulgencio era una especie de San Ignacio. ¡Cómo cantaba él, con la mano puesta en su bastón, aquello de "escúchalo, escúchalo, Satanás, y en tu rencor furibundo!..." Y es que Fulgencio tenía una frente ancha y dulce, una barba espesa y negra que daba gusto verla hasta sin afeitar y una boca infantil que sonreía siempre extrañamente. Su carne tenía ese color marfileño que uno se imagina que tienen que tener los santos vivos, de verdad. Y el velo blanquecino que cubría sus pupilas no parecía nada horrendo, sino algo así como un humo de invierno cubriendo delicadamente la choza de un pobre. "


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