En torno a la autoexpresión o elogio de la sencillez (fragmento)Cristóbal Serra

En torno a la autoexpresión o elogio de la sencillez (fragmento)

"Primeramente, diré que la elección de una lengua como medio de expresión no depende de nuestra voluntad. No es libre nuestra elección en ningún terreno y menos en el de la lengua. Además, para mí, sólo Dios posee el libre albedrío, ya que el hombre es dominio del servo arbitrio por evaporársele la voluntad sujeta a fragancias, sabores, objetos sensibles o motivos pasionales. Desde muy joven, yo no he ido en busca de la lengua, sino que ésta me ha visitado. De la misma manera, yo no voy en busca de la poesía; espero que me visite.
Yo creo en los auxilios de todo género y hay uno con el que estoy en deuda. Déjenme decirles que quizá me ha asistido en el acto de escribir mi forzada y desagradable actividad de traductor.
Tengo escrito en mi parca "autobiografía" que soy de los que, por su timidez, han sido antes traductores que escritores. En mi caso, el primer libro que publiqué no fue creación personal, sino la versión del librito del Tao. Atrevida empresa porque jamás supe chino. A partir de entonces, he escrito siempre como un hombre común y no como un hombre de letras profesional.
Eso sí, no me ha faltado nunca conciencia de escritor, y, sin envanecerme de mis quimeras, he creído que gusta más lo original que lo ya visto.
Un autor que se precia de serlo no es quien tiene meramente un caudal de palabras que le permita dar paso a la espita y verter un número indefinido de espléndidas y ampulosas frases. Un autor, para que acabe siendo reconocido, ha de tener algo qué decir y ha de saber cómo decirlo. No le exijo inmensa hondura o amplitud de visión, pero mejor es que le adornen tales dones. Hay que exigirle, a mi juicio, pericia en el doble Logos, el del pensamiento y el de la palabra o de las palabras, diré que me harta el estilo demasiado rico en vocablos y que, personalmente, me inclino a no hacer demasiado dispendio de palabras. Es éste un punto que debieran tener presente los profesores en clase y valorarlo como es debido, en vez de elogiar a los alumnos los periodos bellos. Que aprendan, al modo de una verdad evangélica, que la riqueza (literaria) reside en cierta penuria.
Lo que quiero poner de resalto es que escribir es una ardua tarea, un proceso que exige una tensión que puede ser extenuante. No sólo en la literatura, en todo arte, en toda ciencia, la tarea no es otra que la definida por Bacon: "Homo additus Naturae". El hombre ha de sumarse a la naturaleza, si quiere hacer arte. Por tanto, el artista, si ha logrado ser fiel a su función, es un creador o recreador que hace nuevas todas las cosas. El artista que escribió el libro del Apocalipsis ha expresado esto en su alegórica, quizá inconsciente manera oriental. Escuchémosle: "he aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Escribe" Es nada menos que un mandato del espíritu divino.
Puedo decir que, en mis creaciones literarias, que no hay por qué enumerar, me he dejado guiar por el Vidente de Patmos y además por el manifiesto de Kandinsky que aconseja: "el artista debe ser ciego a las formas "reconocidas" o "no reconocidas", sordo a las enseñanzas y los deseos de su tiempo. Aunque se haya dicho o subrayado que, en mis primeros libros (Péndulo, Viaje a Cotiledonia) hay ecos del surrealismo y del dadaísmo, puedo asegurar que, en los momentos de más subido irracionalismo, estos libros no descartan el ejercicio de un deliberado raciocinio.
El logro de un estilo, como toda humana comunicación, no es puro esmero. Algunas veces he pensado que se logra tener un estilo propio, si se consigue sazonar el don natural de escribir con la sal (no sólo española). Puede ser la sal mallorquina. Más allá de lo que pueda ser realizado mediante conocimiento y esfuerzo, debe lo escrito rezumar esa gracia espontánea que emana como una fuente del fondo de una naturaleza armoniosa. Esa cualidad invocada no es otra que esa desenvoltura del habla de las mujeres del pueblo o ese "punto" que da sabor al manjar. Es la sal a la que me refiero aquella "divina malicia" que Nietzsche, en Ecce Homo, hablando de Heine, matiza de ese modo: "un día Heine y yo seremos considerados, aventajando a los demás, los más grandes artistas de la lengua alemana".
No es sólo Nietzsche el que aconseja la sal sazonadora. Nada menos que San Pablo, su enemigo dialéctico, y los evangelios sinópticos nos aconsejan: "que vuestra conversación sea siempre amena, salpicada de sal, sabiendo responder a cada cual como conviene. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com