Las campanas de Roma (fragmento)Göran Stenius

Las campanas de Roma (fragmento)

"Thomas esbozó una pálida sonrisa y se apresuró para dirigirse a la sala de catálogos, con sus armarios de metal de un tono mate amarillo. Entregó en silencio la hoja de pedido al bibliotecario para rehuir más preguntas sobre su mal estado físico. Las grandes mesas de trabajo en la sala de estudios estaban casi todas ocupadas. Encontró un lugar vacío junto a una de las ventanas medio abiertas y se sentó esperando que le trajeran los libros.
Desde fuera llegaban una serie de conocidos sonidos y ruidos: el murmullo de la fuente y el crujir de la grava cuando pasaban los automóviles, las observaciones a media voz de los estudiantes que se tomaban unos momentos de descanso sentados en la escalinata, y las voces de mando en alemán de un pelotón de la Guardia suiza que hacía gimnasia al aire libre. Bajo la ventana se abría el patio interior más grande del Vaticano y enfrente se elevaba la residencia papal más antigua, con su fachada irregular, gris e inasequible como la pared de un precipicio. El conjunto en sí daba la impresión de un sombrío monte tras el cual el macizo central de la iglesia de San Pedro alzaba su cúpula iluminada por el sol y dominando todo cuanto había a su alrededor. No solamente era un palacio, sino un Estado, autónomo pero lleno de vida, como un nido de hormigas, y azotado por los vientos de la lejanía, como una pequeña población en la ladera de un monte.
La impresionante nave de lectura era una aireada sala estilo Renacimiento, con grotescos de múltiples colores en el techo arqueado y grandes y altos ventanales, a través de los cuales fluía la luz. En las largas mesas trabajaban centenares de investigadores. Prelados de la Curia y maestros de los Institutos papales, científicos extranjeros y catedráticos italianos, capuchinos con sus pies descalzos, benedictinos con el pelo corto, obesos dominicos y severos jesuitas y monjas cubiertas con velos blancos.
Entre el laberinto de las estanterías asomaban de vez en cuando altos funcionarios de la biblioteca: el prefecto español, obeso, de ojos azules y tez rosada, embutido en un severo hábito de benedictino, el pequeño y regordete jefe del Archivo, con sus gafas de montura de oro, emanando un interés paternal hacia los jóvenes adeptos de la ciencia y, finalmente, su hermano, el cardenal, director de la biblioteca, el más humilde entre los humildes, con su sencilla sotana de sacerdote, su barba larga y gris y aquellos ojos pequeños y penetrantes: un moderno ermitaño en un bosque de setecientos mil tomos, cuyos secretos conocía él menos que nadie.
Un calvo padre benedictino que se hallaba sentado frente a Thomas le saludó con un amable movimiento de cabeza. Un hombre robusto, de poderoso cráneo y rostro enrojecido, más acusado aún por el color también rojizo de sus sienes. Andrew MacDonald -así se llamaba- era escocés de nacimiento. Estudiaba la Antigüedad clásica y se había creado un nombre como especialista en las representaciones de la Santa Cena. Hacía algunos años había sido destinado a Sant´Eusebio in Casaletto, un instituto especializado en la investigación de las catacumbas que Pío XI había mandado fundar al sur de Roma, en la Campaña.
Desde detrás de otra mesa, dos ojos de pimienta que lucían bajo una espesa melena negra se fijaron en Thomas. Pertenecían al doctor Samuel Mach, una autoridad de fama internacional en historia de sociología católica. Había abandonado su patria alemana a causa de sus antepasados judíos y llevaba ahora la vida tranquila del investigador científico a la sombra de la cúpula de San Pedro, sin disfrutar de la dignidad de prelado que se le había concedido por sus grandes y relevantes méritos.
Ambos investigadores habían ayudado con frecuencia a Thomas en sus trabajos, pero dado el estado de ánimo en que se encontraba en aquellos momentos, no deseaba presentarse a ellos con sus problemas. Se limitó a fijar la mirada en los dos hombres. ¿Qué sabrían ambos de los misterios de la Eucaristía? Y su mirada continuó recorriendo las filas de los demás investigadores que se dedicaban en silencio a sus trabajos. Allí estaba el dominico noruego que trabajaba en una tesis moral teológica; el pequeño Monseñor chino que estudiaba estética; el historiador de arte brasileño de pelo negro; especialista en el barroco romano, y el jesuita suizo que se ocupaba de la crítica de la cultura apologética. Thomas estaba acostumbrado desde hacía tiempo a trabajar en compañía de estos hombres, y porque en alguna ocasión había intercambiado unas pocas palabras con ellos, creía conocerlos a todos. Y, sin embargo, de todas las cuestiones que ardían en su interior, no podía plantear una sola a la consideración de aquellos hombres. "



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