Visión desde el fondo del mar (fragmento)Rafael Argullol

Visión desde el fondo del mar (fragmento)

"O sea que de nuevo tenía a Adán y Eva a mi alcance, y todo gracias a unas poquitas gotas de saliva. No eran, desde luego, los pobres Adán y Eva del tremebundo relato bíblico que me enseñaron en la escuela ni los que había visto aquí y allá, perplejos y avergonzados, en los cuadros de los museos, pero, después de todo, en algo se les parecían, lo que, tras tantos años de escepticismo filial, resultaba excitante.
Miré la foto del doctor Kari Stefansson que aparecía en la pantalla del ordenador, en un pequeño recuadro, junto al texto de los mensajes, y tuve la impresión de que aquel hombre de cabello cano y ojos penetrantes debía de desempeñar un papel muy semejante al de nuestro anónimo redactor del Génesis.
El doctor Kari Stefansson era el director ejecutivo de la em-presa islandesa Decodeme, especializada en la investigación genética. Esta empresa, algo inquietante pese a la tranquilizadora mirada del doctor Stefansson, descifraba los códigos genéticos de los clientes que lo solicitaban con la misma lógica con que aquellos tenaces genealogistas de antaño, siempre engrandeciendo un poco tramposamente el pasado, hurgaban en los apellidos en busca de escudos y estirpes. Con la diferencia de que Stefansson y los suyos no te arrastran por los siglos, como los modestos genealogistas, sino por los milenios.
Y con una celeridad casi increíble.
El doctor Stefansson ya está aquí, dentro de mi casa, con noticias de hace cien mil años, mientras hace tan sólo un mes no sabía ni quién era él ni, por supuesto, qué empresa dirigía.
Fue una decisión rápida y un poco alocada la que tomé entonces. Un amigo aficionado a los descubrimientos científicos me trajo la información. Nos desafiamos a que uno de los dos pidiera su código genético, un poco como los niños disputan por la tableta de chocolate. Lo echamos a suertes. Perdí la apuesta. Escribí a Decodeme, en Reykiavik. A los diez días recibí un bonito sobre acolchado con instrucciones, dos espátulas y un envase plano donde debía adherir unas gotitas de saliva. Raspé la mucosa de mi boca, a derecha y a izquierda, con las espátulas, de modo que la saliva extraída quedara pegada en el envase. Reenvié el sobre acolchado a Reykiavik por correo certificado, tal como me solicitaban en las instrucciones. Y casi me olvidé del asunto. "



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