Hermann Hesse (fragmento)Hugo Ball

Hermann Hesse (fragmento)

"La magia del nombre y el apellido es muy fuerte, casi ineludible. En ella se han fundado sistemas y movimientos enteros. En la época paleocristiana, el nombre recibido en el bautismo implicaba la obligación de imitar al santo correspondiente, de entregarse a su protección y servicio. En los círculos pietistas, que se aproximan al cristianismo originario, los abuelos ocupan un lugar incluso más importante que los santos en el contexto católico. Aquí sucede, como dice Pfister en su estudio sobre Zinzendorf, que Dios, como Padre celestial, sigue viviendo en forma de abuelo en su retiro. El Redentor le ha confiado el cuidado terrenal de los creyentes, y por amor a Jesús debemos llamarle nuestro Padre. Pero un abuelo es también un auténtico padre, aunque no directamente. Para Zinzendorf, el renovador de las comunidades fraternas, el padre representa siempre el papel de Cristo; el abuelo, en cambio, el de Dios Padre. Sin embargo, en este caso, tanto los dos abuelos del poeta como sus padres eran alegres, severos y destacados pietistas, que se consumían en su celo por la causa del Señor y para los que la piedad constituía una obligación similar a un juramento.
Es evidente que la oposición de los dos abuelos podía tener un significado ominoso para el nieto. Éste, que siendo ya un hombre maduro construyó uno de sus más hermosos relatos, el «Viaje a Núremberg», sobre la magia de un simple nombre («el bello Lau»); ese misterioso artista de la palabra, ¿no debió de soñar en lo más hondo de su ser con las ideas y los motivos, las peregrinaciones y los amoríos de sus dos antepasados? ¿Quién no ha sufrido de niño a causa de su nombre? ¿Quién no se lo ha repetido cien veces? ¿A quién no le ha planteado exigencias, comparado con famosos modelos? ¿Quién no ha sido jaleado por su modelo? ¿Quién no se ha comparado y tenido por menos? ¿Quién, siendo niño o adolescente, no ha escrito cien veces su nombre con trazo suave, audaz, empinado o negligente, con arabescos y trazos extrañamente enrevesados? ¿Quién no se ha peleado y reconciliado con él, embebido de él, y quién con él no se ha distinguido de sus hermanos, de la familia, como yo, como yo mismo, como intimísimo propietario y dueño de esa dote para toda la eternidad? "



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