El crimen de Olga Arbélina (fragmento)Andreï Makine

El crimen de Olga Arbélina (fragmento)

"Los primeros acechan sus palabras como simples ladrones de confidencias. Los segundos deben de gozar en ellas algo más. Es fácil distinguirlos, por otra parte: mucho más escasos que los simples curiosos, vienen solos, osan acercarse un poco más al viejo talludo que va cuadriculando lentamente el laberinto de las avenidas y tardan más en marcharse que los primeros.
Las palabras que murmura el anciano las disipa enseguida el viento en la luz helada de este atardecer de invierno. Se detiene junto a una lápida, se agacha para retirar una pesada rama que, como una grieta, raya la inscripción grabada en la piedra porosa. Los visitantes curiosos inclinan ligeramente la cabeza hacia su voz fingiendo examinar los monumentos próximos... Hace un momento, conocían las últimas horas de un escritor conocido en su tiempo pero olvidado posteriormente. Murió por la noche. Su mujer, con los dedos mojados de lágrimas, le cerró los párpados y se tendió a su lado, esperando el amanecer...
Luego este otro relato, sorprendido en la avenida paralela cuyas lápidas llevan fechas recientes: un artista de ballet, fallecido mucho antes de la vejez y que acogió su fin repitiendo varias veces, como una fórmula sacramental, el nombre de pila de su joven amante que lo había contaminado... Y estas otras palabras sacadas de una basa robusta dominada por una cruz: la historia de una pareja que, a principios de los años veinte, vivió en la torturante espera, irreal, de un visado para el extranjero. Él, poeta famoso del que ya no se publicaba ni una línea, ella, actriz teatral expulsada hacía tiempo de las tablas. Recluidos en su piso de San Petersburgo, se veían ya condenados, encarcelados, quizás ejecutados. El día en que, milagrosamente, llegó la autorización para abandonar el país, salió la mujer dejando al marido en un embotamiento de felicidad. Hacer unas compras en previsión del viaje, pensó éste. La mujer bajó, cruzó una plaza (los viajeros de un tranvía vieron su sonrisa) y, llegada a la orilla, se echó al agua glauca de un canal...
Los visitantes, aquellos que escuchaban por pura curiosidad, se van ya. Uno de ellos ha hecho crujir hace un rato bajo el tacón un pedacito de sílex. El anciano se ha incorporado con su estatura de gigante y los ha envuelto en una mirada sombría y como irritada por verlos allí en torno a él, paralizados en actitudes falsamente distraídas. Torpemente, se han escabullido en fila india primero, zigzagueando entre las lápidas, después formando un grupito en la avenida que lleva a la salida... Durante aquellos pocos segundos molestos frente al anciano, han experimentado la rareza turbadora de su situación.
Estaban allí, aquel atardecer frío y claro, bajo los árboles desnudos, en medio de todas aquellas cruces ortodoxas, a dos pasos de aquel hombre metido en su increíble hopalanda negra y desmedidamente larga. Un hombre que recordaba, como para sí mismo, los seres en su deslizarse tan rápido y tan personal de la vida a la muerte. "



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