La música de una vida (fragmento)Andreï Makine

La música de una vida (fragmento)

"Se alejó del Kremlin y se zambulló entre las ramas de los bulevares, cargadas de lluvia. La historia del violín, el terror nocturno, sus años de soledad de apestado le volvían de vez en cuando a la mente, pero sobre todo para intensificar la felicidad que estaba viviendo en ese momento. El murmullo de sus padres durante la noche y el acre olor del barniz quemado eran los únicos recuerdos de esos tres años negros: 1937, 1938 y 1939. Nada en comparación con los variados placeres que colmaban su vida desde entonces. Y ahora, esa camisa mojada pegada a su pecho, el mero placer de sentir su cuerpo joven, ágil y musculoso, hacían desaparecer la angustia de los años de cuarentena. Sobre todo su concierto, dentro de una semana. Imaginaba a sus padres sentados al fondo de la sala (les rogó encarecidamente que fueran de incógnito) y, en primera fila, una de las chicas con quien había bailado La mirada de terciopelo en la fiesta de fin de año. Lera.
De nuevo pensó en la calcomanía. El mundo entero se asemejaba a ese juego de colores: bastaba con retirar la hoja de papel fina y sombría de los malos recuerdos para que la felicidad resplandeciese. Como resplandecía, a principios de mayo, la desnudez de Lera bajo un vestido de color marrón que juntos arrancaban en la precipitación de unos besos aún clandestinos, con el oído puesto en los ruidos del pasillo de la dacha: el padre, físico de profesión, ya retirado, se encontraba trabajando en la terraza y de vez en cuando reclamaba una taza de té o un cojín. De una sana desnudez, su cuerpo era como los que se veían participar en esa época, vestidos con camiseta ajustada, en los desfiles en honor de la juventud. Las palabras de Lera también eran muy sanas. Hablaban de familia, de su futura casa, de hijos. Alexei presentía que su matrimonio con Lera le convertiría definitivamente en alguien como los demás, borraría la silueta del adolescente que espiaba los sonidos de las cuerdas consumidas por el fuego. Pero más que con el hogar familiar de recién casado, soñaba en realidad con el coche de su padre, un enorme Emka negro, tan confortable como el camarote de lujo de un transatlántico, que ya sabía conducir. Para deshacerse de una vez por todas del adolescente asustado, le bastaba con imaginarse el coche, a él, a Lera y la franja azulada del bosque en el horizonte.
Su pensamiento viajó hacia los días pasados en la dacha de ese pueblo con nombre musical, Bor. Hacia la calcomanía de ese cuerpo que, liberado de su atuendo estudiantil, se prestaba a las caricias más atrevidas, a una lucha carnal, a esa violencia juguetona que les dejaba exhaustos y con los ojos nublados por las lágrimas de un deseo contenido. El joven cuerpo consigue zafarse en el último momento, se cierra como una concha sobre su virginidad. A Alexei le agrada el juego. Interpreta esa resistencia como un compromiso de fidelidad futura, una promesa de muchacha responsable y sensata. Una vez le surgió la duda. Fue un día al despertar de un breve sueño. En una habitación soleada adivina a través de sus pestañas a Lera, ya levantada, junto a la puerta. Se vuelve hacia él y, creyéndole aún dormido, le dirige una mirada glacial. Alexei cree reconocer en ella la mirada oblicua de las máscaras de nariz afilada. Desea borrar de inmediato ese parecido. Se incorpora rápidamente, alcanza a Lera en el umbral de la puerta y la lleva a la cama en un combate de risas, pequeños mordiscos e intentos para liberarse. Cuando por fin consigue escapar, Alexei no experimenta la excitación de la felicidad sino el repentino cansancio del final de un espectáculo que se ha visto obligado a interpretar. Percibe entonces que ese cuerpo femenino a la vez entregado y vedado, ese cuerpo suave y turgente, forma parte de una vida que nunca será la suya. Pero, ¡claro que se casará con Lera!, se dice de inmediato, y la esencia de sus vidas será como la de esa tarde de primavera. Tan sólo tendrá que olvidar la melodía de las cuerdas quebradas en el fuego. Sus vidas tendrán la sonoridad de una partitura de música compuesta para un desfile deportivo en un estadio. Recuerda que un día quiso contarle a Lera las notas que emanaban de las cuerdas en llamas. "



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